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Opiniones de hoy

Duraznitos en compota

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Sobremesa.

Tan chapín como el pepián, los buñuelos en miel y los chiles rellenos bañados en salsa roja de tomate son los duraznos en compota, postre tradicional de nuestra mesa hogareña cotidiana, o de los almuerzos “ejecutivos” en donde los duraznos llegan embolsados con su miel. 

Los duraznitos en comporta, con todo y su acepción chapina en diminutivo, nos remontan a los días de infancia, cuando el repertorio de postres de la mesa materna se limitaba a la variedad de platillos elaborados con plátano, frutas de estación, gelatinas de colores, arroces en leche o chocolate y a las compotas de frutas, todas muy dulces y espesas, según el gusto chapín, en tiempos en que comer un pastelito de postre era todo un lujo, deparado únicamente  para fechas especiales como los cumpleaños o los días domingo, cuando después de misa de doce pasábamos a la Pastelería Lutecia por bombones rosados o ranitas de ojos saltones o a la Jensen por un pastel de turrón decorado con pedacitos de gelatina roja.

El menú clásico de lonchera  escolar fue por centurias los panes con frijoles, ensalada de pepino con limón y sal, y de postre, un par de duraznos en compota, los que viajaban dentro de botecitos vacíos de vidrio con tapadera de rosca.  

Cuando en Guatemala un chocolate Lorenesi de galleta o una bolsita de TorTrix costaban cinco centavos y las loncheras eran canastas de mimbre fabricadas por los no videntes de la Santa Lucía era común escuchar a la hora del almuerzo en MM, un “por Dios Santo, otra vez durazno en compota: noooo…”,  sin importarnos un céntimo las charlas de las monjas martillándonos la conciencia con los relatos de hambrunas terribles en África o más cerca, a la vuelta de la esquina o por Huehuetenango.  

Por estos días de julio, miles de pequeños duraznos y melocotones cachetones de piel afelpada invaden  los mercados y tiendas de abastos. Llegan a la ciudad en camiones y camionetas destartaladas y veloces, dentro de grandes canastos o cajas de madera, sobre camas de espigas de pino, empacados con  papel periódico blanco y amarrados cuidadosamente con redes de mecate porque son muy delicados. Vienen a la capital con las manzanas, membrillos, cerezas y peras, las cuales  muchas veces se juntan con azúcar en la olla más alta de la cocina para que las mieles no salpiquen: una de las mejores compotas o macedonias que podemos degustar los guatemaltecos en estas fechas, postre de aromas frutales y románticos, acanelado y de  miel espesa, transparente rojiza por las cerezas. Platillo poderoso e íntimo que alienta el alma y es capaz de endulzar los días.

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