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Opiniones de hoy

El ciudadano, la ciudadanía y el Estado

opinion

Sin ciudadanía y sin verdaderos ciudadanos no puede haber un verdadero Estado.

Los conceptos de ciudadano y ciudadanía parecen ser específicos a la civilización occidental e implican una particular relación del individuo con el Estado. En la antigua Grecia y en la República romana se pueden encontrar los antecedentes del ciudadano y la ciudadanía. Tales conceptos solo reaparecen en el mundo hace 232 años, a partir de la Revolución francesa, iniciada con la toma de la Bastilla el 14 de julio de 1789. 

En tal transformación, los individuos recuperaron su calidad de agentes políticos y rechazaron radicalmente su calidad de súbditos del monarca. El mismo Estado cambió su esencia. Ya nunca más sería posible admitir como válida la expresión de un Luis XIV de ser él mismo el Estado, “létat, cest moi”. En adelante, el Estado sería el agente del bienestar común de la comunidad nacional francesa. El ejemplo de la Revolución francesa incendió al mundo. En Saint Domingue (hoy Haití), Toussaint LOuverture, Jean-Jacques Dessalines y Henri Christophe liderearon entre los años de 1791 y 1804 una revolución para liberar a los esclavos y lograr la independencia de la que fue la más rica colonia caribeña de Francia. A partir de 1808, los pueblos de los inmensos territorios del imperio español americano empezaron a ebullir con la fiebre revolucionaria de la libertad, la igualdad y la fraternidad proclamada por los revolucionarios de la Francia inmortal.

Tras poco más de una década, todos los pueblos hispanoamericanos continentales habían logrado sus independencias políticas, exceptuando a México, que se organizó como una monarquía constitucional entre 1821 y 1823, el resto erigieron Estados republicanos imitando a la República francesa de 1792 o a la República federal angloamericana de 1787. El fervor republicano y ciudadano se apoderó románticamente de unas pequeñas élites autollamadas liberales, que se confrontaron durante todo el siglo con los grupos oligárquicos locales, que racionalmente defendían el statu quo ante los conservadores, sumiendo ambos partidos a las nuevas repúblicas americanas en una permanente y dolorosa inestabilidad.

Haití, la hermana mayor de las naciones independientes de la América no anglosajona, es un espantoso ejemplo de la ausencia de verdaderos ciudadanos y ciudadanía en un Estado que parece moribundo, agonizando por causas internas y externas. Las múltiples intervenciones políticas, económicas y militares de Francia y los Estados Unidos durante dos siglos han prácticamente destruido la posibilidad de construir un Estado haitiano robusto, al tiempo que han empobrecido a su población y a la ecología del país.

Por desgracia, la condición de Haití es solo el ejemplo extremo de lo que sucede en muchas de nuestras repúblicas. La ciudadanía tiene que ser construida y conservada. Los ciudadanos no nacen, sino que se hacen mediante la educación cívica en las familias, en las escuelas públicas y en instituciones estatales diseñadas exprofeso para promover el servicio civil comunitario de jóvenes futuros ciudadanos. 

El ciudadano, verdadero propietario del Estado, reconoce que no son solo derechos los que posee, sino que la verdadera y auténtica ciudadanía reclama del ciudadano al menos dos obligaciones básicas, las mismas que tiene un buen padre de familia, es decir contribuir al mantenimiento del Estado pagando fielmente los impuestos debidos y defenderlo, incluso con las armas si fuere necesario. 

Sin ciudadanía y sin verdaderos ciudadanos no puede haber un verdadero Estado, agente del bienestar común, y sin este no podremos salir nunca de la pobreza, la violencia y la injusticia que agobia a muchos de nuestros países. 

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