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Opiniones de hoy

Una madre triste

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Al no ser conscientes de su sufrimiento, nunca podemos verlas realmente.

Una madre triste llora frente a nosotras y el caminito de lágrimas le chorrea desde los ojos hasta la barbilla. Ninguna dice nada. Hay una mezcla entre lealtad y aflicción que nos impide quebrar el silencio que, por ahora, nos refugia casi de la misma forma como lo hacen las paredes de su casa. Alguna le pasa una servilleta que solo le sirve para apretar entre los dedos hasta terminar estrujándola con el puño. Nos quedamos así un buen rato, tanto que en la calle anochece. Del otro lado de la puerta tampoco se oye nada más que la lluvia que recién comienza. Pero el de afuera es otro tipo de silencio, el peor de todos, afuera ronda ese silencio cómplice que sella la impunidad de los agresores. 

La madre triste no para de preguntarse qué pudo haber hecho para prevenirlo. Se pregunta o nos pregunta a nosotras, sin esperar una respuesta (que igual no tenemos), cómo este tipo le pudo haber hecho daño a una niña, a su hija, la nena a quien ella siempre ha cuidado tanto. Se pone una mano en la frente en un inútil esfuerzo de calmarse y, sin levantar los ojos del suelo, nos dice, me siento mal, me siento muy mal, como si también fuera mi culpa, y entonces regresa el llanto. Cuando nos despedimos de ella es tarde y llevamos esa sensación de tener la garganta agarrotada y el pecho desinflado. El silencio ahora es el reflejo de pensar que la victimización de quien ya es víctima igual no es suficiente. Parece que, ante la ausencia de un agresor sentenciado, la desdicha rápido, y casi inevitablemente, se vuelve hacia la familia, una familia que, la mayoría de las veces, está representada por esa figura de una madre triste como la que hoy llora frente a nosotras. 

Una madre triste busca justicia y es resguardada únicamente por un biombo, que no es más que una persiana de plástico café, que la separa del maestro acusado de haber violado a su hija. La madre triste ocupa una silla al lado de su abogada y la fiscal del Ministerio Público, lugar donde trata de permanecer quieta por varias horas. Escucha la lectura de los documentos que construyen y reconstruyen la violencia sexual que ha vivido su hija. Oye una y otra vez el relato de las agresiones, como si se tratara de alguien más, hasta que en algún momento alguien vuelve a pronunciar el nombre de la niña y entonces sus piernas comienzan a brincar incontrolables. Se queda mirando a la psicóloga que, tras leer las conclusiones de su informe, medita unos segundos antes de responder si es posible reparar el daño psicológico que tiene su hija. El daño que tiene la víctima es irreparable, dice finalmente; la huella que deja la violencia sexual no se borra nunca. Antes de que se suspenda el debate hay una última pregunta que la psicóloga ya no logra contestar porque un grito de objeción ahoga su respuesta. 

Una madre abraza y besa a su hija al salir del tribunal y una sonrisa le sirve para ocultar el dolor del día. Tal vez sea de tanto esconder tristezas que nos es difícil recordar el rostro joven de nuestras madres. Al no ser conscientes de su sufrimiento, nunca podemos verlas realmente. La imagen de las dos caminando con los brazos entrelazados se va haciendo cada vez más pequeña, muy despacio, hasta desaparecer. Así de lento ha sido también el camino que han recorrido en estos últimos dos años para que se haga justicia. Todavía falta. Al menos van surgiendo algunas respuestas en el camino que se quedan flotando en el aire. Respuestas que tratan de borrarse con silencio o con gritos. Como esa última pregunta que le hicieron a la psicóloga, cuya respuesta solo escuchamos quienes estábamos cerca. ¿Por qué viola un maestro? Porque pueden, fue lo que dijo, porque pueden. 

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