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Opiniones de hoy

El latín de mi amigo

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El tiempo nos hizo ver que muchos aforismos latinos nos enseñarían muchas verdades.

No sabíamos que el latín era la madre del castellano: ese latín venido a menos como le llamaba el genial Borges. El tiempo nos hizo ver que muchos aforismos latinos nos enseñarían muchas verdades y nos mostrarían cómo comportarnos en la vida. Aparecieron con los años frases lapidarias como la del templo de Delfos: “Nosce te ipsum”, que indicaba que había que conocerse a sí mismo para así conocer a los demás. “Nihil novum sub sole”: Nada hay nuevo bajo el sol, repetía con acierto el Maestro Martínez Durán. Asentíamos los alumnos de Filosofía, cuando don Jesús aseveraba: “Cédant arma tógae”, que traducido quiere decir que las armas deben de ceder ante las togas, reafirmando así la fuerza indiscutible del Derecho. 

Para contradecir ese aforismo latino apareció la noticia: “En Guatemala hay casi dos millones de armas de fuego, solo en poder de los civiles”; si agregamos a eso el montón de pistolas y metralletas que como niñas bonitas portan los siempre poderosos militares y los globalizados narcos, resulta exorbitante la cantidad de gente que deambula, come, duerme y trabaja armada en esta anárquica aldea.

Leyendo esa noticia recordé que hace muchos años uno de tantos gobernadores mejicanos, cansado de ver a militares, civiles e inciviles armados hasta los dientes, imponiendo la ley de las balas y ejerciendo justicia de propia mano, decidió desarmar a los habitantes de su Estado. Sabiendo que este hombre, además de valiente, civilizado y enemigo de la violencia, era también escritor, lo busqué entre escritores mejicanos. Apareció entonces Edmundo Valadés diciendo en “La muerte tiene permiso”: “Lo importante es que ningún hombre se pierda, que ninguna vida esté de más”. Por su lado, Juan Rulfo expresa en “Diles que no me maten”, con la voz de Juvencio Nava: “Diles que no me maten Justino. Que por caridad. Así diles que por caridad”. A lo que responde el Coronel: “Llévenselo y amárrenlo un rato para que padezca, y luego fusílenlo”. Entre Valadés y Rulfo apareció el nombre que buscaba: Agustín Yáñez, autor de “La tierra pródiga”, el mismo que de gobernador ordenó a civiles y militares que depositaran sus armas en la plaza central. En pleno zócalo amontonó pistolas, metralletas, tolvas, balas y pólvora, y de un solo fogonazo inició una quemazón que acabó con un inútil cargamento de armas.

En esta tierra, en lugar de imitar la acción humanitaria del Maestro Yáñez, diputados armamentistas tratan de imponer una ley que lo único que persigue es aumentar el número de armas e implementar su venta, para acrecentar así las muertes. “Cédant léges inter arma” (cedan las leyes ante las armas) hubiera dicho en latín el Maestro Chepe Mata Gavidia. 

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