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Opiniones de hoy

Lavado de manos

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Lado B.

Ahora el Gobierno de la República de Guatemala ya no impone las medidas de contingencia por el COVID-19, simplemente las recomienda. Allá uno si las quiere tomar en cuenta o no, a su libre elección. Y si obviando las recomendaciones jodemos  a los demás y alargamos esta situación por los siglos de los siglos, pues puritita mala suerte, digo yo, o más bien dice el Presidente. De seguir esta misma lógica, llegará el día en que no disparar armas de fuego en la vía pública será una simple sugerencia, similar a ese  “no robar” que cada cuatro años le aconsejan a los nuevos mandatarios. Partimos, o eso nos dicen, de que la Economía Nacional, así con mayúsculas, es más importante que las vidas humanas y que, por lo tanto, “obligar” a la población a guardar un mínimo de medidas básicas frente al más que alarmante número de contagios y de muertes en las últimas semanas, sería a todas luces catastrófico. Ahora bien, si tratando de salvar el dinero de una casa en llamas nos morimos todos, algo de absurdo habrá en el intento. Aunque, tal vez, el problema no resida en el dinero ni en la insensatez de los que intentan salvarlo, sino en la casa en llamas que es este país siempre incandescente. La verdad es que como se muy poco o nada de economía, a mí me interesa más la vida de la gente, una preocupación que no se por qué me hace sentir idiota en los tiempos que corren.

Hablando de economía, o de lo que yo más o menos comprendo como tal, hoy por la mañana me enteré de que, según el Banco Mundial, la clase media guatemalteca se encuentra en peligro de extinción. Algo así como 360 mil personas han sido expulsadas de su seno durante la pandemia. Me digo que sería interesante saber cuántas van quedando dentro. Otro mito, otra ilusión, que empieza a derrumbársenos. La clase media era una especie de catalizador en la lucha de clases, esa que según Marx enfrentaba a pobres y a ricos. La prueba de que sin fortunas ni privilegios, pero con trabajo y esfuerzo (y, en algún momento, educación y conocimiento), se podía acceder a los bienes y las propiedades, o a consumir mercancías en su defecto. La clase que prestaba servicios a cambio de un salario que le permitía seguir a flote. Algo pasó porque, coronavirus aparte, hace ya algunos años que los que nos creíamos dentro, no hacemos más que naufragar por todas partes. 

Lo bueno del asunto es que se ve muy difícil que desaparezcamos los pobres. Aún si sucumbimos al COVID-19, con esto del derrumbe de las clases medias, siempre habrá grandes sectores de la población que nos reemplacen. Mientras tanto, y a falta de vacunas rusas, con fe, esperanza, mascarilla, lavado de manos, entusiasmo y alegría, como sugiere el señor presidente, saldemos del mal trance, atravesaremos la tormenta. Si lo logramos, una economía pujante nos estará esperando al final del túnel.  ¿Qué más quiere el pueblo? 

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