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Opiniones de hoy

Pesimismo sobre la democracia

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Sócrates tenía razón de desconfiar del sistema democrático.

Sócrates, el gran filósofo griego, en uno de sus profundos y afilados diálogos, le pregunta a Adimanto, más o menos en estos términos: ¿si se dirigiera un viaje por mar, a quién debiera confiarse la dirección y manejo de la nave?, ¿a cualquier persona o a alguien capacitado en las reglas y exigencias de la navegación marítima? La respuesta de Adimanto es que sin lugar a dudas al segundo; Sócrates replica entonces, haciendo una analogía entre la sociedad y un barco, que permitir que la ciudadanía vote para elegir a los gobernantes sin tener el conocimiento y la preparación necesaria es tan irresponsable como ponerlos a cargo de una nave en camino a Samos en medio de una gran tormenta. 

Sócrates fue la primera víctima célebre de la democracia cuando fue condenado a muerte por un 52 por ciento de los 500 miembros de un jurado improvisado para juzgarlo. Prevaleció la ignorancia. 

La analogía de Sócrates es escalofriante a la luz de los tiempos actuales e inevitablemente lleva a preguntarnos: ¿cómo es posible que tengamos los gobernantes que tenemos?, ignorantes, inútiles y corruptos. ¿Qué tipo de democracia tenemos que lleva a un resultado tan desastroso?

La respuesta no es sencilla. La democracia ateniense que condenó a Sócrates en el año 399 a. C. no es la misma del siglo XXI, sin embargo; los seres humanos somos los mismos, y aunque el avance material es innegable, la evolución social y política tiene serios cuestionamientos.

La democracia no es más la panacea universal. Cerca del 45 por ciento de la población global vivimos en democracias fallidas, en sistemas caóticos que no generan prosperidad para la mayoría y la concentración de poder y riqueza se acumula en una pequeña minoría; Rusia, Egipto, Irak, y no tan lejos Nicaragua y Venezuela, son solo algunos ejemplos. 

Muchos voltean hoy a ver el éxito chino, que en los últimos 30 años logró sacar de la pobreza a 600 millones de sus habitantes por medio de un sistema autoritario, poco condescendiente con los derechos civiles, pero sumamente pragmático y competitivo a nivel mundial. El caso de la China plasma el dilema si debe ser prioritario el progreso económico antes que los derechos individuales y la democracia. 

La discusión da para mucho. En todo caso, quiero referirme a las fallas más evidentes, los pecados capitales, que desde mi punto de vista tiene nuestra frágil, fallida y pobre democracia guatemalteca: 

Primero, es intrínsecamente corrupta. Por estructura, la ley de partidos políticos establece la conformación de los partidos y financiamiento de las campañas electorales, haciendo del proceso eleccionario y el gobierno un negocio; quien invierte más dinero tiene más posibilidades de gobernar. A diferencia de un negocio legítimo, el negocio de la política tiene como fin último aprovecharse del poder y dinero público en detrimento de la mayoría. 

Segundo, derivado de lo anterior, quien nomina a los candidatos y futuros gobernantes son quienes financian las campañas, sin importar los méritos y conocimiento que las personas tengan. Una vez nominados los candidatos, la elección o la votación es solo cuestión de trámite. Es así como los peores pueden convertirse en gobernantes. 

Tercero, tiene que ver con la ignorancia del votante. Es acá donde Sócrates tenía razón de desconfiar del sistema democrático de dar un voto a cada ciudadano sin importar si está o no preparado para hacerlo, anticipando que la degeneración de la democracia vendría por la demagogia. Votar es una competencia adquirida y no resultado de una intuición al azar. El populismo es común y practicado cada vez más con desfachatez porque la población ignorante espera respuestas fáciles a problemas complejos, promesas y castillos en el aire. 

Cuarto, aunque el sistema siga siendo perverso y permita a los peores llegar al poder, un sistema republicano con pesos y contrapesos, sobre todo el papel independiente del poder judicial, debe corregir los excesos y obligar a los gobernantes a rendir cuentas. En nuestro sistema, los jueces son propuestos y elegidos por grupos de poder, y el Congreso de la República, nada más lejano a la independencia judicial.

El pésimo, inaceptable y vergonzoso papel que nuestro gobierno está haciendo con el manejo de la vacunación es solo la muestra última del pésimo estado de nuestra democracia y que debe llevarnos a preguntarnos, ¿cómo hemos llegado a este nivel de ineptitud? 

Como siempre, el cambio empieza en nosotros. Es tiempo que como Sócrates tomemos nuestra responsabilidad ciudadana y seamos como el tábano que cuestiona el porqué y provoquemos el cambio; nadie lo hará por nosotros.

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