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Opiniones de hoy

“Satchmo” y “el Rey Lagarto”

opinion

Lado B

Tres días después de la muerte de James Douglas Morrison por causas desconocidas (aunque se dice que fue por sobredosis de heroína), en su apartamento del barrio parisino de Le Marais, Louis Daniel Armstrong, alias ‘Satchmo’, dejaba de existir también, mientras dormía, en su domicilio de Queens, New York. Dos mitos, dos leyendas, que transformaron para siempre la música popular en un siglo convulso, en donde la cultura provocó rupturas tan profundas en el seno de las sociedades, que fue necesario replantearse casi todo desde el inicio. Al momento de su fallecimiento, hace 50 años, Armstrong era un dios y Morrison solo un tipo atormentado, un cantante de rock and roll, que buscaba, mediante la poesía, su legitimación como artista. Nada los une a primera vista, salvo la música y el empecinamiento por transitar territorios desconocidos a la búsqueda de los propios orígenes. Dos destinos que Nietzsche ya había de alguna manera anunciado en ‘El nacimiento de la tragedia’. Apolo y Dionisio, el sueño y la embriaguez, la armonía y el caos, la belleza y el delirio.  

Es casi seguro que a Louis Armstrong el nombre de Jim Morrison no le haya dicho mayor cosa, él era demasiado elegante como para ponerle atención al ruido y la estridencia del rock y sus derivados. Sin embargo, sabía que ahí estaba ocurriendo algo y su oído era de sobra sensible a los cambios. De haberlo escuchado, seguro que hubiera experimentado el mismo temblor que le habían provocado en su momento Charlie Parker y Miles Davis. Nunca se adhirió a las fugas y disidencias de estos últimos, pero las siguió con una atención digna del más apasionado. Entre sus archivos, preciosos en contenidos, destacan una buena cantidad de grabaciones piratas y caseras de pioneros del be-bop y del free jazz. Momentos irrepetibles, efímeros, prodigiosos, que se dieron en recitales de bares de poca monta y que él estaba seguro de que jamás volverían a suceder.

‘Satchmo’ lo inventó todo, o eso se dice. Morrison, ‘el Rey Lagarto’, no inventó nada. Sin embargo su fuerza, esa que nos hace estremecer con solo dos o tres líneas de sus canciones, la encontró en ese tránsito casi torturado hacia los orígenes: la recitación ritual del aedo de la Grecia antigua, similar a la del chamán de las culturas ancestrales americanas; el lamento del blues primitivo; la ironía trágica del cabaret alemán; el teatro de la crueldad y el rock and roll, la música del lado salvaje. Difícil para él entonces no fascinarse por un Armstrong que, para sobrevivir, salió a cantar a las calles a los 11 años y al que luego echaban a patadas de lugares en donde su trompeta les hacía estallar a los escuchas el cerebro. Como a él, agredido a golpes por empresarios y policías que entendían muy poco de la tragedia griega.

Ambos, por otra parte, solo querían ser poetas. ‘Satchmo’ se pasaba noches enteras dictándole a una cinta magnetofónica todo lo que le pasaba por la cabeza. Morrison huyó a París para encontrarse con el espíritu de los grandes: Baudelaire, Rimbaud, Cendrars, Artaud… Su tumba en el Père Lachaise no está muy lejos de la de Oscar Wilde.    

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