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Opiniones de hoy

¿“Quo vadis”, Guatemala?

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“Sin la virtud de la justicia ¿qué son los reinos sino unos execrables latrocinios?… Son ciertamente una junta de hombres gobernada por su príncipe… la que está unida entre sí con pacto de sociedad, distribuyendo el botín… conforme a las leyes y condiciones que mutuamente establecieron… constituyéndose, en efecto, en una banda de ladrones…”. Agustín de Hipona (Aurelius Augustinus Hipponensis), también conocido como san Agustín (354-430 d. C.), escritor, teólogo y filósofo cristiano, en su obra “La ciudad de Dios”, Libro Cuarto, Capítulo 4.

La semana pasada, “en cadena nacional”, el sorprendente presidente de El Salvador, Nayib Bukele, anunció otra medida de política económica que tendrá un disruptivo pero positivo impacto en la realidad del Triángulo Norte de Centroamérica. Indicó que había enviado “una solicitud” al Consejo del Salario Mínimo (integrado por representantes del Gobierno, del “sector patronal” y “del sector laboral”) para aumentar dicho salario mínimo “en un 20 por ciento, a partir del mes de agosto”. Nadie anticipa, por cierto, que la solicitud del Presidente Millennial pueda ser exitosamente objetada en las instancias legales que la deben aprobar formalmente, pues tiene suficiente “músculo político” para imponer su “solicitud”. Señaló, de entrada, que la desenfrenada emisión monetaria en otros países (dando a entender que se refería, en especial, a los EE. UU., cuya divisa fiduciaria es moneda de curso legal en El Salvador) estaba provocando inflación (“importada”) que afectaba a los salvadoreños, pero sobre la cual ellos no tenían ningún control, agravando la secular situación de desamparo socioeconómico de sus mayorías. Que estaba consciente de que la medida que está proponiendo solo beneficiaría directamente a los trabajadores menos remunerados del sector formal de la economía, por lo que se hacía necesario complementar la medida con una segunda entrega del Programa de Emergencia Sanitaria. Este programa entrega “canastas” de alimentos y otros artículos de primera necesidad a los sectores más desfavorecidos de la población, que no tienen un empleo en el sector formal. Es decir, está lanzándole un inesperado pero muy bienvenido “salvavidas” a esos sectores mayoritarios tradicionalmente marginados en el diseño de las políticas económicas de estos parajes tropicales. Para evitar que la medida provoque desempleo o se convierta de inmediato en un costo trasladado al consumidor, Bukele anunció también que recurriría “parcialmente” al fideicomiso de BANDESAL, para entregar por un año, un subsidio directo a las micro, pequeñas y medianas empresas, equivalente al costo del incremento salarial. Esto quiere decir que con excepción de las grandes empresas (que por sus características típicamente oligopólicas tienen grandes márgenes, con frecuencia ocultos al fisco y al público), las cuales sí recibirán “un gancho al hígado”, la inmensa mayoría de las empresas del sector formal tendrán un año para encontrar nuevos equilibrios y adaptarse a la reestructurada realidad. La apuesta, en ese ámbito, es que el gigantesco estímulo macroeconómico que recibirá la economía cuscatleca generará suficiente crecimiento productivo como para que en un año el volumen de negocios y el empleo formal haya “despegado”, sin que la inflación local se dispare. Por supuesto, ni bien el mensaje de Bukele empezó a circular en las redes, los corifeos del archiconservadurismo local “pusieron el grito en el cielo”, llegando, incluso, al ridículo extremo de decir: “Otra vez, igualito que Chávez”.

Aparte de que alguien que promueve agresivamente el uso del bitcóin es evidentemente un creyente en la economía de mercado, “nada que ver” con alguien como Chávez, es preciso analizar con más detenimiento los riesgos implícitos –y los beneficios esperados– de la nueva “apuesta” de Bukele, antes de criticar mecánicamente. El análisis revela que la medida ha sido inteligentemente diseñada –algo inusual en este vecindario de presidentes mediocres, o pésimos, que van, por lo menos, desde México hasta Colombia– para tener un éxito inesperado: el secreto es quién y cómo se va a pagar “el subsidio temporal”. La crítica automática de los economistas conservadores es aseverar que una medida como esta es “inherentemente inflacionaria”, un acto de “simple y llano populismo”, que “amenazará la estabilidad” de la economía, pues el incremento en los ingresos de las clases baja y media baja se vería muy pronto anulado por un grosero incremento de la inflación. Eso ciertamente ocurriría si en Guatemala hiciéramos algo así y pretendiéramos, por ejemplo, pagar el “subsidio temporal” imprimiendo más quetzales (emitiendo deuda interna), lo que nos conduciría casi de inmediato a una devaluación. Pero eso no sucederá en El Salvador. Para empezar, porque Bukele no puede imprimir dólares y porque el aumento del circulante en tierra cuscatleca difícilmente afectará la cotización del dólar con otras monedas. En otras palabras, ese subsidio, imprescindible para que la medida no fracase, tendrá que ser pagado en una de tres maneras: o (i) con un aumento de ingresos fiscales (lo cual, mal manejado, puede conllevar el riesgo de ahuyentar a las nuevas inversiones); o (ii) con la eliminación de otros gastos, redireccionados al subsidio, algo difícil en una sociedad con tantas carencias (aunque él insiste en que “el pisto alcanza cuando nadie roba”); o (iii) obteniendo un financiamiento externo, “en lo que la apuesta paga” (con crecimiento económico). Esta última opción no sería viable a través de los métodos tradicionales: Bukele heredó un país muy endeudado y lo ha endeudado más, hasta llegar a tener una deuda externa cercana al 90 por ciento del PIB, por lo que las tradicionales fuentes de financiamiento “están cerradas” para El Salvador. Sin embargo y sin haber visto números en detalle, podemos especular que tras hacer las sumas y restas estamos hablando de entre quinientos y mil millones de dólares, que “el Palestino” (como Jesús, con los panes y los peces) cree que sí podrá conseguir. Como “el Presidente de la cachucha” es además de audaz, astuto, podemos asumir que tiene un plan que incluye una mezcla de las tres fuentes de pago ya mencionadas, y quién sabe, quizá hasta incluya, “como as bajo la manga”, un generoso depósito en bitcóin de sus nuevos y entusiastas “criptoamigos”, que le sirva de colateral para préstamos comerciales en dólares. No olvidar que “con la energía del volcán”, el Gobierno salvadoreño también estará “minando bitcóin” en el futuro cercano…

Está por verse cómo se desenvolverán los acontecimientos. Sospecho que el Tío Sam, más temprano que tarde, descubrirá que Bukele, pese a los excesos en los que incurrió invadiendo la anterior Asamblea Legislativa con la Fuerza Armada y, en especial, destituyendo a los magistrados de la Sala de lo Constitucional sin respetar el debido proceso, es, en el fondo, más afín a sus objetivos de sincero combate a la corrupción y de retener con políticas económicas inteligentes a sus connacionales en su territorio, que sus ineptos y/o criminales colegas del vecindario. No sería raro que los amigos del Norte empiecen a ver con curiosidad benevolente al díscolo Presidente Millennial, mientras sus relaciones con todo el resto del vecindario continúan deteriorándose. No es para menos: es primera vez, desde los procesos abortados de mediados del siglo pasado, que hay un movimiento que por fin, agresivamente, trata de revertir la tendencia histórica de afianzar, a como dé lugar, la estructura económica bipolar de este atribulado “trifinio”. Al igual que en Guatemala, los falsos “liberales” de hace apenas 150 años también entronizaron allí a un “capitalismo de plantación” que aún hoy nos agobia a ambos vecinos istmeños. Este escribiente considera que la solución de fondo va más por el lado patrimonial (la Dotación Patrimonial Ciudadana) que por el lado del ingreso, pero Bukele está ensayando un correctivo histórico, que, aunque tiene sus limitaciones, es un inobjetable viraje en la dirección correcta, uno que acerca al pueblo centroamericano hacia la única fórmula que a largo plazo funciona: la de un capitalismo popular, socialmente incluyente, que busca reducir las abismales desigualdades sociales, en camino a la República de todos los ciudadanos. Así, el Pulgarcito de América, a 250 kilómetros de la somnolienta y pacata capital guatemalteca, siembra genuina esperanza en un futuro distinto, en un futuro mejor…

Mientras tanto, en Guatemala, un régimen político agotado y sin imaginación nos arrastra, a fuego lento, hacia un cuadro eleccionario similar a la presente tragedia peruana: hacia esa fractura política que tiene al pueblo andino entre dos fuegos; entre los fanatismos, igualmente nefastos, de los amigos de repartir lo ajeno y de los que no quieren que las cosas cambien… La dirigencia guatemalteca honesta tiene que entender el riesgo que corremos al continuar permitiendo que el sistema no se reforme. Que sigamos teniendo un sistema diseñado para que haya partidos que no son partidos, en los que no hay auténtica discusión política, donde nos vemos forzados a elegir “representantes” desconocidos que no representan a la mayoría y que son quienes, supuestamente, deberían reformar un sistema al que sistemáticamente “ordeñan”. Que nos veamos orillados a escoger para la primera magistratura a “la menos mala de las opciones”. A estar, crecientemente, a manos del “gobierno de los peores”. A constatar que no hay alivio para el desempleo ni para la creciente indigencia y que el Presupuesto Nacional se ha convertido en botín descarado de los facinerosos. Que hay un escándalo de corrupción tras otro y que, aún así, no pasa nada. Que el sistema judicial apaña a cuanto ladrón asume posiciones de poder, pero que cualquier denuncia, para la mayoría de la minoría, “es una conspiración de los chairos”. Que sigamos con un sistema, en suma, que mata la esperanza… Nos quedan un par de años, ciudadano, para corregir el rumbo. Hoy, Guatemala anda a la deriva y los beneficiarios del predominio de la cleptocracia, en su arrogante indiferencia, no parecen haberse dado cuenta de que “quien siembra vientos, cosecha tempestades”. Pero el pueblo observa a sus vecinos, y ya sabe que otra cosa muy distinta, aun aquí, es posible

CAMINO A LA HAYA: El Minex sigue sin explicar a los reporteros de elPeriódico por qué Belice tiene 18 meses para plantear su Contramemoria, en vez de los 12 estipulados en el Acuerdo Especial. Quizás el canciller Brolo aún no hace pública esta información, porque vino muy cansado de su “misión imposible” a Moscú, donde dicen que lo enviaron ¡a exigir el cumplimiento de un contrato que aún no lo han dejado leer! “Cosas veredes, Sancho amigo”…

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