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Opiniones de hoy

El factor Bukele

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Washington, reactivo.

A diferencia de sus homólogos Giammattei y Hernández, Bukele hace bien las cosas fundamentales. Pero cruza con imprudencia los callejones que distinguen funciones del Estado democrático. Y se labró un pleito gratuito con la administración Biden que no beneficiará su proyecto.

Bukele carece de inteligencia diplomática con Washington para fijar reglas del manejo de intereses mutuos y aclarar los alcances de su proyecto. Comparado con Giammattei y Hernández, tiene un punto de partida inigualable: está recuperando la prestación de servicios básicos y despertó la esperanza del pueblo, mitiga la criminalidad, abre oportunidades a más agentes económicos y resta privilegios a la oligarquía depredadora. Conjugados, esos factores desestimulan la migración irregular y la corrupción.

Dado el abrumador respaldo del pueblo, incluso de ciertas élites, sus problemas de gobernabilidad son ahora externos: 1) En su afán de transformar El Salvador, se convirtió en director de orquesta omnipresente de todos los poderes del Estado, cruzando las rayitas del ordenamiento político-jurídico democrático. 2) Los acuerdos con China expresión de un derecho soberano, percibidos o asumidos como alternativa geopolítica, encienden alarmas.

Bukele es el gobernante en la zona que ahora conduce una transformación de Estado. En el siglo XXI hemos asistido a experimentos de cambio político en América Latina que no fueron sostenibles. Algunos abrieron puertas a la regresión social e ideológica.

Lo que haga o deje de hacer Bukele y el “cómo” es relevante para hondureños y guatemaltecos, decepcionados de regímenes fallidos y sin opciones. El Salvador puede irradiar un proyecto de cambio desencajando el cuadrante convencional derecha-izquierda, que tanto fascina a los anquilosados. 

A Washington le cabe la cuota mayor del tratamiento del factor Bukele, como fue con Fidel hace 60 años y Chávez hace 20, y en otros proyectos recientes. Cuba, Venezuela y Nicaragua (que es la mezcla perfecta de Putin y Jinping) suman la lista de fracasos de política latinoamericana, no digamos Guatemala 1954 y las tres décadas de cruentas dictaduras en la guerra fría. 

Tras la guerra fría, empalmaron finalmente los intereses de Washington en la región con las reales aspiraciones de democracia y mercado de estos pueblos. Pero Washington sigue apenas reaccionando a las señales de “inestabilidad” del sistema, con enfoques convencionales. Migraciones y tráfico de drogas son buenos ejemplos. Washington no lee los significados ni acompaña las señales de cambio de estos pueblos. Paradójicamente, acaba conspirando contra sus propios intereses de contribuir a un vecindario próspero y seguro. 

La primera Lista Engel un tanto desenfocada puede ser un indicador irrefutable de veto de los conspiradores contra el buen gobierno. Ahora, sin horizonte de política robusta de largo plazo, caerá en el manipulable cuadrante geopolítico, de oligarquías depredadoras y astutas redes criminales.

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