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Opiniones de hoy

Los niños de antaño

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Aunque algunos pocos están en la cárcel, la mayoría andan sueltos haciendo de las suyas, y estoy seguro de que se limpiarán el trasero con estas listas.

Como psicólogo, pero sobre todo como ser humano curioso por entender esto que llamamos “realidad”, siempre me he cuestionado acerca de las razones o motivos que hacen que las personas hagamos lo que hacemos y que, de una manera u otra, tratemos luego de justificarlo echando mano de un sinfín de racionalizaciones y de explicaciones que pocas veces tienen un sustento objetivo, racional y, sobre todo, ético. 

Concretamente, cada vez que se habla en los noticieros televisivos de esos seres abominables que van desde los delincuentes de cuello blanco, representados por los políticos y legisladores corruptos, pasando por los militares, empresarios y profesionales malhechores, hasta llegar a los mareros y criminales sin alcurnia, e incluso hasta a los simples ciudadanos decididos a aprovecharse del prójimo sin importar los daños causados, no puedo evitar el imaginarlos de niños en sus pantaloncitos cortos mientras sus mamás babeaban convencidas de que sus retoños adorables serían el futuro y el orgullo del país.

¡Rayos! ¿Qué pasó entonces? ¿Dónde y cuándo se torcieron estas criaturitas? ¿Qué fue lo que hicimos mal? Legítimas preguntas, pero pocas respuestas. Hay muchas explicaciones, porque hay muchas causas, ya que nosotros mismos, los padres y abuelos, somos al mismo tiempo víctimas y causantes del problema, y estamos inmersos en un destino que se muerde la cola. Nosotros, cada ciudadano, sin quererlo y queriéndolo, sostenemos y reproducimos las condiciones materiales y culturales de una estructura social, de una historia, de un modo de vida, de unas reglas de funcionamiento, de una concepción que funciona como una totalidad autorregulada y ciega que nos aboca lenta, pero inexorablemente, hacia la autodestrucción. 

A no ser que… Que nosotros mismos, en un esfuerzo titánico y utópico, de película, rompamos la mecánica de esta totalidad, de este sistema, de esta perversión, cosa que por el momento no sucederá. Se intentó, sí, entre 1944 y 1954, pero el Departamento de Estado gringo no lo aceptó y las principales élites económicas de Guatemala, tampoco. Después se intentó una guerra insurgente de treinta años que solo trajo dolor, muerte y exilio. Sin embargo, hoy, nuestros antiguos verdugos quieren reparar el entuerto y nos comparten una lista de delincuentes de cuello blanco que tiene nuestro país, como si no lo supiéramos. Un tal Míster Engel, de los EE. UU, se la sacó de la manga. ¿Y…?  ¿Qué va a suceder?  

Pues no sucederá gran cosa, porque aquellos niños de antaño están bien entrenaditos y atrincherados. Aunque algunos pocos están en la cárcel, la mayoría andan sueltos haciendo de las suyas, y estoy seguro de que se limpiarán el trasero con estas listas. En fin, de todo corazón quisiera equivocarme, pero los tiempos ya no están para triunfalismos infantiles.

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