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Opiniones de hoy

Vargas Llosa, una vida de antípodas (II)

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Enhorabuena al Secretario J. Blinken por la lista de corruptos del istmo. Y faltan más.

Al graduarse a los 19 años entró la universidad y conoció en casa a la boliviana Julia Urquidi, 12 años mayor que él, a quien le decía Tía Julia, hermana de Olga Urquidi, casada con el tío Luis (Lucho) Llosa Ureta, hermano de Ernesto Vargas, su padre. Julia recién se ha divorciado, tiene 32 años y voló a Lima a visitar a su hermana Olga para cambiar de ambiente. El pequeño molestón Mario ha crecido, es alto y el bigotillo le sienta bien. Él le da a entender que maduró mucho en la academia militar respecto de sus amigos del barrio donde vive. Ambos se enamoran y, al paso de los meses, deciden casarse. Pero para evitar la oposición de sus familias, buscan en auto fuera de Lima un alcalde de pueblo que los case sin vacilar, pero como no tienen todos los papeles listos van de uno a otro en una loca aventura hasta que al fin un alcalde negro de una aldea los casa por presiones de su esposa. En medio del escándalo familiar, don Ernesto en Lima sacó un revólver para cuestionar a Julia por seducir al mozalbete, pero, al fin, se calmaron las aguas.

Ya casado, Mario continuó en la universidad estudiando letras y derecho a la vez, mientras trabajaba de locutor en ‘Radio Panamericana’, bibliotecario del Club Nacional y otros para mantener su matrimonio a flote. Su Tía Julia mecanografiaba y pulía sus primeros trabajos literarios. Un cuento que envió a ‘Radio France’ obtuvo el premio de viajar a París dos semanas. Cercano a los comunistas, estuvo en Cuba y aplaudió el socialismo de Fidel. Allí ante Juan José Arévalo condenó la caída de Árbenz. Años después, su tesis sobre Rubén Darío en la Universidad de San Marcos le permitió obtener una beca para estudiar letras un año en Madrid, donde inició sus primeros contactos, pero dejó su doctorado de lado. No iba a ser un escritor “telúrico”, hundido en las raíces peruanas como estaba en boga, ni folclórico, sino seguiría los pasos de los grandes novelistas: Faulkner, Flaubert…

El escándalo por su casamiento es la esencia de su novela ‘La tía Julia y el escribidor’, donde retrata su apasionado amorío. Pero el “escribidor” de la novela no es el joven novelista, Mario, llamado Varguitas en la obra, sino, en un primer nivel, el ficcionado autor de radionovelas, un personaje carnavalesco que termina en lo grotesco.

El segundo nivel autobiográfico muestra cómo su tía boliviana fue fundamental para Varguitas, con un sello de Joyce, de dar testimonio personal. La Tía Julia a veces sale mal parada cuando dice que ella fue quien lo enamoró, pero ella va a rectificar. Ya instalado en Europa, tras nueve años de unión, Mario decidió divorciarse para casarse con su prima consanguínea Patricia, hija del tío Lucho, sobrina de la Tía Julia. Esta sufrió, pues lo apoyó en España cuando obtuvo sus primeros reconocimientos. También cuando decidieron vivir en París en condiciones muy precarias. Allí, Mario dio clases de español, hablaba en ‘Radio Francia’ para América Latina… mientras escribía quizás su más laboriosa novela, ‘La ciudad y los perros’. “En la novela avanzo y me retuerzo. Me cuesta mucho trabajo… Me paso horas enteras corrigiendo una página o tratando de cerrar un diálogo y de pronto me lanzo a escribir sin parar una docena de páginas. No tengo la menor idea acerca de cómo está saliendo, pero me siento embriagado. Escribir es lo único realmente apasionante que existe”, le escribió a un amigo. En 1962 ganó el Premio Biblioteca Breve por esa novela y siguió su ascenso con ‘Pantaleón y las visitadoras’, ‘La Casa Verde’ y ‘Conversación en La Catedral’. En la primera, el paroxismo hace reír al ironizar a los soldados con las prostitutas. En todas siempre aparece un escribiente. En la última se preguntó: ¿Cuándo se jodió Perú?, pregunta válida para América Latina aún, porque se jode una y otra vez.

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