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Opiniones de hoy

Abuela, estás hecha de estrellas

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Guardo tu pasado en mi corazón.

Dos días antes de su muerte visité en su casa a mi abuela, Luz Marina Girón Toledo. La abuela Marina siempre se divertía conmigo. Como soy chistoso, la hacía reír, aun cuando estaba muy seria. 

Ese día la encontré acostadita en su cama. No abría los ojos, movía sus brazos como si le diesen toques eléctricos y se quejaba, por dolor o porque nos quería decir algo. Después de que mi papá le habló suavemente sobre cosas de la vida y del corazón, ya no se quejó y estuvo en paz.

También estuve con ella en su cumpleaños, el 12 de junio. Le dije: “Abuela, ¿qué tal todo?”. No me respondió. No me dijo: “Andrés, mi niño”. Me miraba y no me conocía. Olvidó mi nombre y mis chistes. Pero de repente tomó mi mano y la besó. Creo que sonrió y me dijo: “Nene”. Besé su mano: “Te quiero mucho, abuela”. 

En la siguiente visita, quería darle pistas para que se acordara de mi nombre. Quise escribirle con mi dedo en el aire: “Abuela, soy Andrés, tu nieto querido”. Me arrepentí, creo que era complicado. Lo escribí en un papel, pero no pude mostrárselo porque el sábado en la mañana, cuando íbamos a visitarla, mi papá me dijo que acababa de morir. Ella regresaba a su hogar con Diosito.

En casa le construí un altar y coloqué su foto en el centro con mis otros abuelos que ya murieron, Emma y Augusto. Con mi guitarra le canté “Recuérdame”. El lunes fuimos a un cementerio muy lejos, a una capilla pequeña, donde había muchas flores. Por la pandemia hubo poquita gente. Solo estuvieron los hermanos menores de la abuela –Olga y su esposo Alfredo, Arturo, Enrique y Rosenda–, sus sobrinos cercanos –Hilda, Blanca, Rolando, Noemí, Liz y José Andrés–, nosotros, sus nietos y, claro, mis papás, Helani y Édgar.

Una señora muy amable presentó un video con fotos de la abuela desde que era niña y joven –muy guapa– y poco a poco se hacía viejita. Cuando terminó, mi papá se levantó y dijo: “Familia, querida familia, Andrés –o sea, yo– dirá las palabras en nombre de los descendientes de mi madre”. Este fue mi breve discurso:

Querida abuela, espero que ya estés bien. Debes saber que habitas en mi corazón. Ahora estás hecha de estrellas. Siempre has sido buenísima madre para tu hijo. Le haces tanto bien. Ya te extraño y guardo tu pasado en mi corazón. Estás en mi corazón, abuela, y en el corazón de toda la familia. Te amamos tanto. Eres buena y te vamos a extrañar. Te ves muy preciosa en tu cielo. Seremos amigos por siempre y cuidaré a tu hijo para que sea feliz. Que Dios esté contigo y te proteja. 

Guardé mi discurso en el chaleco, pero lo perdí. Estuve más atento a acompañar a mi familia a depositar las cenizas de la abuela. Hubo una oración larguísima y música chillona. Al final lloré y abracé a mi papá, mientras pensaba: ¿Qué haré sin la mejor comida del mundo, que es la tuya, abuela? Riquísimos tamales en Navidad, la carne asada acompañando boxboles con salsa de ihuaxte, y los muy deliciosos buñuelos y pasteles batidos. 

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