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Opiniones de hoy

Una pesadilla

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Lo que ella relata no puedo contarlo. No se parece en nada a la pesadilla que tuve, lo que ella cuenta es un verdadero infierno.

Más de 200 kilómetros de verde y lluvia es el camino hasta Cobán. Allí ya no deja de llover. La noche suena a mil gotas que atizan la lámina vieja antes de caer al suelo y alebrestar el calor. La lluvia en Guatemala siempre es como echar unas gotas de agua fría sobre un sartén hirviendo. Pero el mar de árboles que hay afuera hace que refresque pronto. Busco acomodarme dando algunas vueltas sobre la cama, con esa ansiedad que solo genera más ansiedad de saber que apenas quedan unas pocas horas antes de tener que levantarme. Me cuesta, pero al fin logro dormir y entonces sueño que soy ella. No sé si es una pesadilla, pero se parece mucho a una. Cuando despierto tampoco siento ganas de contárselo a alguien. Mientras voy camino a la audiencia, trato, sin éxito, de no pensar en eso.

Espero afuera unos minutos en lo que dan las nueve. Tomen sus lugares por favor, dice la jueza, vamos a dar inicio al debate señalado para el día de hoy. Como en un cuadrilátero, cada una se dirige a su esquina equipada solo por un escritorio de metal con un pedazo de fólder cortado a la mitad en el que se ha escrito con un marcador negro quién es quién. Me siento detrás del letrero que dice defensa técnica. Hoy me toca ser la abogada del diablo, hoy defenderé a un maestro del sistema educativo público acusado de violar en repetidas, reiteradas, incontables ocasiones a una niña de 12 años. Son casi las diez de la mañana cuando entra la primera testigo que ha propuesto la fiscalía. Es la niña, la misma con la que he soñado. Ahora tiene un poco más de 14 años. Lleva puestos unos jeans y una playera con florecitas amarillas y blancas. No se le ve la cara porque la mascarilla le cubre gran parte. Se sienta al centro de la sala, y los pedazos de piel que le quedan al descubierto en el rostro empiezan a ponerse rojos. La jueza apenas la mira mientras lee algunos documentos y platica con el secretario. Finalmente, comienza a dirigirle algunas preguntas. Nombre, su nombre completo señorita, edad, profesión u oficio, pero qué hace, estudia, trabaja, se queda en casa, ajá, tiene hijos, tiene hermanos, cuántos, de qué edades. Ella va respondiendo con su voz de niña, que con cada respuesta se hace más débil, una voz dolorosa, una voz rota. 

Lo que ella relata no puedo contarlo. No se parece en nada a la pesadilla que tuve, lo que ella cuenta es un verdadero infierno. 

Llega mi turno de hacerle preguntas. La niña se restriega las manos como si quisiera quebrárselas. Comienzo el interrogatorio. Que diga si tenía novio o ha tenido, que si no será que fue el novio quien le hizo eso, que si no es porque ella está celosa de alguien más, que si tiene envidia de otras niñas y por eso está inventando esta historia, que si alguien más la está obligando, que si no será que quiere ocultarle un novio a su mamá y prefirió inventarse toda esta historia. Ella responde, tiene que hacerlo, a todas las preguntas, mientras yo voy anotando en un cuaderno las veces que, según mi criterio plagado de estereotipos y prejuicios, se equivoca.

Después de cuatro horas de su inicio, termina la audiencia, que ha sido programada para continuar al día siguiente. Antes de irnos, cada una toma su silla de plástico y la arrastra al centro. Nos sentamos. Este círculo, de nosotras sentadas una al lado de otra, se siente como ese abrazo colectivo que se ha vuelto una necesidad insoslayable. Tomo las manos de la niña y le pido que por favor me perdone. Nosotras sí le creemos. Como abogadas, como mujeres. Nosotras sí le creemos. Ella lo sabe. Ya cuando voy de regreso y estoy sola, lloro. Quisiera no tener la certeza de que el tipo de preguntas que yo le hice hoy serán las que tendrá que responder en la verdadera audiencia, con su agresor presente, en tan solo unos días. La verdad es que no hay forma alguna de preparar a alguien para eso, aunque lo intentamos, no queda más que esperar que el miedo se transforme en coraje y el coraje en valentía. Aunque valentía a ella le sobra. Al menos por hoy, ese debate simulado parecerá un mal sueño, del que se puede despertar. Ojalá pronto también se pueda despertar de esta pesadilla interminable, que por ahora le toca seguir viviendo, la de ser una víctima de violencia sexual que busca justicia en un país como el nuestro. 

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