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Opiniones de hoy

Ya no son los canchitos…

opinion

Pronto podríamos tener un estallido social que se constituya en un peor remedio que el mismo mal.

Dos hechos recientes son preocupantes indicadores de los derroteros que el país está tomando; el primero es un video que circuló en redes donde un líder de una organización popular trataba de “faraones” a los dirigentes del sector privado tradicional, utilizando retórica que puede recordar los inicios del movimiento cocalero en Bolivia; el segundo, la declaración que un supuesto expatrullero hizo afirmando que había “defendido el poder de los ricos” durante el conflicto armado.

Siempre es caso de estudio el fenómeno de Evo Morales, sobre todo cuando se dan paralelismos entre la composición y condiciones sociales de Guatemala y Bolivia; siendo que se les distancia entre 20 y 30 años con respecto a su evolución histórica. En el contexto de ese análisis, la activación del movimiento indígena allá no ocurrió cuando el Che Guevara organizó su fallida revolución armada, debido a la falta de condiciones relacionadas con la conciencia étnica y capacidad organizacional –como sí ocurriría 20 años después tras las movilizaciones del Chapare–.

En Guatemala, la insurgencia tenía su intelligenza en las fuerzas urbanas, los cabecillas eran criollos a carta cabal y la presencia de algún líder indígena brilló por su ausencia; en eso, la URNG no se diferenció mucho de nuestro statu quo

La mayoría de los campesinos que se enrolaron en las filas revolucionarias a finales de los 70, lo hicieron por la promesa de un mejor salario mínimo –Q3.20 era el jornal–; el marxismo era demasiado complejo para la gran masa analfabeta, aun cuando le pusieran 20 teólogos de la liberación en cada poblado; por ello, la estrategia de “quitar el agua al pez” fue un grave error importado de los asesores norteamericanos que previamente habían estado en Vietnam, porque, a diferencia de lo que en Guatemala sucedía, el Vietcong luchaba contra gobiernos títeres respaldados por una fuerza de ocupación extranjera permanente que pasó de franceses e ingleses hacia los estadounidenses. 

Aquí las defecciones acaecieron rápidamente –para 1986 la insurgencia se había reducido en dos terceras partes a pesar de Nicaragua– y la población civil fue el trágico deudor de las emboscadas que grupos guerrilleros hacían al ejército regular en zonas de conflicto.

Durante ese tiempo, la batalla ideológica se vivió mayormente en las áreas urbanas, muestra de ello fue el cooperativismo rural, que desde la capital era sinónimo de comunismo para el ejército y apadrinados por el Estado para la guerrilla; las patrullas de autodefensa civil funcionaron como mecanismos de control precautorio e instrumentos de vendetta en litigios locales de tierra.

Pese a lo anterior, ahora la situación cambia, porque ya no son los “canchitos” quienes articulan el lenguaje de lucha de clases, sino campesinos indígenas que muestran toma de conciencia –como movimiento– desde la elección pasada.

De no entender que debemos cambiar las condiciones del país y detener el deterioro, pronto podríamos tener un estallido social que se constituya en un peor remedio que el mismo mal. Ejemplos sobran, idiotez también.

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