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Opiniones de hoy

El Niágara en bicicleta

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En este país no se vive, se sobrevive. Unos intentando huir, otros esperando vacunas, unos pocos robándose lo de las mayorías. Nuestro presidente hundido en su alta demagogia y en un cruel descaro.

Ahora que el Ministerio de Salud declaró que estamos en el pico de la pandemia por contagios, me suena la canción de Juan Luis Guerra. No tenemos Estado, ni sistema de salud, ni de educación ni oferta laboral… Alguna vez un amigo español me dijo que Guatemala no era un país sino un paisaje. 

Ya nadie le cree al gobierno y sus malandrines secuaces. Hay muy pocas situaciones en la vida social en las que el ciudadano se encuentre tan inerme como  ahora, desprovisto de información o salidas.  La rebaja en la disposición del ánimo, la desesperanza generalizada enferma, frustra, malogra y alimenta un malestar generalizado. 

En este Macondo sin vacunas donde habitamos, todo parece dentro de una inmensa niebla, como si apenas nos llegaran susurros del caos y debacle que nos atraviesa. Estamos vulnerables: sin vacunas, en el pico más alto de contagios, un presidente que no se entera, más y más contagios, asaltos, diputados en subasta, una imagen nacional deprimida, funcionarios inútiles, ciudadanos llenos de desesperanza, niños con el estómago vacío, policías criminales, y un largo y triste etcétera. 

Dicen que nacer en Guatemala es una condena. Karma dicen otros. Me gusta como lo expresó Manuel José Arce: “Yo no quisiera ser de aquí, amo, con todo lo que soy, este suelo y su gente. Por eso mismo, no quisiera estar aquí. No quisiera ser de aquí. No quisiera amar tanto a este país, a esta gente. El amor se me transforma en dolor. Y eso no es justo. Veo su mapa cercenando, una y otra vez. Veo su historia de burlas crueles, sangrientas. Veo su geografía amenazada por el planeta. Veo sus moradores misérrimos, ignorantes, enfermos, raquíticos, hambrientos. Veo su suelo ubérrimo, para la mayor parte de sus habitantes. Veo su violencia progresiva, galopante. Veo, siento, vivo su tragedia incesante. Y me duele. Me duele tanto como decir: “Yo no quisiera estar aquí, yo no quisiera ser de aquí”.

Vivir en este tiempo de alerta roja y políticos sucios, traficantes, evasores, etc., aquí es sentir una especie de vértigo y naufragio colectivo a ciegas en donde los corruptos buscan defender, mantener y legitimar un orden asqueroso y criminal. Esperar respuesta por parte de los hospitales públicos, pretender que lleguen las vacunas y demandar un mínimo de responsabilidad democrática a nuestros monstruos políticos es acaso como intentar cruzar el “Niágara en bicicleta… No me digan que el atol se lo bebieron…”.

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