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Opiniones de hoy

El escenario peruano en Guatemala

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¿Optaremos por la dictadura?

La tensión entre democracia y dictadura está tomando forma en el hemisferio. La dictadura no surge de un asalto cuartelario, como en los siglos XIX y XX. Ni siquiera la encabezan mandos militares. Se instalan con el voto popular y un discurso populista de crítica severa a la ineficiencia y la corrupción de la democracia.

Como en otros períodos, los paradigmas tienen referentes globales. Estados Unidos y Europa Occidental, y China y Rusia. Las potencias democráticas vienen saliendo de sus propias zarandeadas políticas internas. Perdieron capacidad de gobernanza después del breve esplendor del final de la guerra fría y la inapelable supremacía del mercado.

El gran desafío de la democracia es recuperar legitimidad en sus instituciones y ofrecer respuestas sociales y económicas, la gran promesa incumplida de las tres últimas décadas. Ahora bien, el tiempo ya no es neutral. Una urgencia, asociada a la frustración democrática en el pueblo y a los temores de las élites tradicionales a la reedición de proyectos reformistas alentados por Washington, les hace coincidir implícitamente en la aspiración de gobiernos autoritarios.

Perú es el ejemplo perfecto de expresión dominante en las urnas de un mismo sello autoritario de dos líderes —Castillo y Fujimori— con signos ideológicos opuestos. Todas las fuerzas intermedias, reformistas e institucionalistas, fueron borradas. Después de 30 años de ensayo y error, su tiempo se agotó.

Chile, en cambio, tras el agotamiento del pacto post-Pinochet está siendo capaz de abrir una transición liderada por las nuevas generaciones que levantaron la crítica social de la democracia y figuras independientes prestigiosas. Así de contrastante es el futuro político inmediato en la vecindad sudamericana. 

Sobre lo aprendido en las últimas tres décadas, Chile se propone dilatar la dimensión social de su democracia acudiendo a su capital político de relevo. Perú, al contrario, en su desesperación da un salto al vacío.

Guatemala no está lejos de los signos de la competencia hemisférica entre democracia y dictadura. Las élites tradicionales están aferradas a sus privilegios  y no dudan en arrastrar su imagen y autoridad reputacional en la aventura de afianzar una dictadura corporativa, que aceleradamente está erosionando los vestigios de libertades civiles y toda expresión de independiencia judicial. 

A diferencia de las dictaduras unipersonales de Venezuela y Nicaragua, la incipiente dictadura corporativa guatemalteca no tiene éxitos sociales, económicos ni de seguridad sobre los cuales montar una promesa política. Descansa en su capacidad de cooptar instituciones y corromper electores. 

El Salvador no es Chile, aunque Bukele monta su proyecto sobre el desgaste bipartidario de posguerra y en su eficacia de corto plazo. Me temo que en estos caminos bifurcados, dentro de un par de años, Guatemala estará más cerca del escenario peruano.

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