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Opiniones de hoy

Un rayo de satoshis en El Zonte

opinion

“Nunca duden de que un pequeño grupo de ciudadanos pensantes y comprometidos pueda cambiar al mundo; de hecho, eso es lo único que lo ha logrado”. – Margaret Mead, controversial antropóloga norteamericana, autora de Coming of age in Samoa (1928), entre otras obras acerca del comportamiento humano.

Desde la aparición del bitcóin en el 2009, los gobiernos del mundo tradicionalmente lo han visto con recelo por tres razones: (i) no quieren renunciar al fácil financiamiento de imprimir más moneda sin respaldo y la disciplina monetaria intrínseca de esa criptomoneda (cuya emisión, decreciente, la hará llegar a un máximo de 21 millones de unidades en circulación allá por el año 2140) es un permanente dedo acusador; (ii) las criptomonedas permiten a los agentes económicos ocultarle a cualquier gobierno el qué, el cómo y el cuánto de sus transacciones (legales o ilegales), lo que erosiona su poder de coerción; y (iii) particularmente doloroso, es que hace a los impuestos sobre transacciones algo meramente voluntario (con el sencillo expediente de hacer la transacción formal en un monto arbitrario de “moneda fiduciaria” y el resto, “en cripto”), es decir, erosiona su base fiscal.  En “el otro lado de la moneda”, para los individuos inteligentes, sobre todo si tienen inclinaciones libertarias, el bitcóin es una tentación irresistible: (a) es un imbatible resguardo de valor a largo plazo, infinitamente divisible y mejor que el oro mismo; (b) permite “llevar el tesoro a cuestas”, discretamente y sin esfuerzo, pasando fronteras y jurisdicciones sin problemas; y (c) es instantáneamente canjeable por cualquier divisa significativa del mundo, en cualquier cantidad y en cualquier ubicación (sin siquiera tener que estar físicamente ahí).  Ergo, el enfrentamiento entre los usuarios del bitcóin y el Estado y sus apologistas es, aparentemente, inevitable. Y también inevitable postular que el bitcóin, un amorfo organismo vivo, “actualizado” cada diez minutos e integrado por cientos de miles de agentes “computarizados” esparcidos por toda la geografía del planeta, no desaparecerá; será, de ahora en adelante, “parte del paisaje financiero”, una nueva verdad incómoda. Consiguientemente, es válido preguntarse ¿por qué el gobierno de El Salvador parece estar actuando contra sus intereses? La respuesta la dejaré para el final de esta columna, pero habría que adelantar que el Estado salvadoreño hace tiempo abdicó de su facultad de imprimir su propia moneda, por lo que uno de los factores que tradicionalmente molesta a los gobiernos no se encuentra presente en el actual caso cuscatleco…

Hace casi 20 años, Michael Peterson, un “surfista” de San Diego, California, “descubrió las olas” de las paradisíacas playas de El Tunco y El Zonte en El Salvador. Eventualmente, decidió mudarse con su familia a El Zonte, “para estar más cerca de sus olas” y reducir su costo de vida, mientras seguía dirigiendo su negocio en California, a través de viajes periódicos (“jet commuting”) y por internet. Buscando ayudar a los más desfavorecidos de su nueva comunidad, se vinculó a Jorge Valenzuela, un pescador y comerciante local y en 2019 consiguió una donación de 20 bitcoines (dos millardos de “satoshis”) para aportar al pago de distintas actividades cívicas, como recoger basura en las playas, por parte de una juventud local usualmente ociosa y presa fácil para la delincuencia (un pago de tres mil satoshis, a los precios de hoy, equivale, aproximadamente, a un dólar): había nacido el movimiento “Bitcoin Beach” (@BitcoinBeach). Para darle utilidad a la donación, Jorge y Mike persuadieron a los comerciantes locales a aceptar bitcóin (en realidad, satoshis, la centimillonésima parte de un “BTC”) como pago por sus bienes y servicios, utilizando “monederos electrónicos” (“apps” que le permiten a cualquiera manejar sus bitcoines de manera sencilla, en su celular).  Se instalaron, también, “cajeros automáticos” que reciben satoshis y escupen dólares y viceversa. El asunto “pegó” con los voluntarios y los comerciantes de El Zonte y con el tiempo, entusiastas del “mundo bitcóin” desarrollaron “una app específica” para El Zonte, la “Bitcoin Beach Wallet” (disponible para teléfonos Android), que incluye un mapa con los negocios que aceptan pagos en satoshis (“Sats”) en el litoral salvadoreño…

Mientras tanto, Jack Mallers, nacido en Chicago en 1994 y fundador de una desarrolladora de software, decide crear “Strike”, una “app” que maneja “equivalentes a dólares” (stable coins), que facilita aún más, al usuario poco informado, el paso de satoshis a dólares y viceversa, con comisiones bajísimas, instantáneamente y desde cualquier parte del mundo. Cree Mallers que el bitcóin debe ser utilizado para liberar a los más pobres de las rigideces del sistema financiero (“hice Strike para los miles de millones, no para hacer miles de millones”) y finca el mercado de su App, primero en los EE. UU. y segundo, en El Salvador. Esta App es adoptada con facilidad en “el ecosistema de @BicoinBeach y pronto los habitantes del lugar se percatan de que sus parientes “mojados” pueden enviar sus remesas a un costo cercano al 0.1 por ciento, sin trámites y de inmediato; mientras que el costo actual a través de una entidad como esa que se llama algo así como “Northern Union”, les cuesta varias horas de transporte, portando efectivo a cuestas y alrededor del 10 por ciento y a veces mucho más (porque además de la comisión porcentual, hay un “cargo fijo” en cada transacción). Además, gente que no califica como potenciales cuentahabientes de la banca tradicional (hasta niños), empiezan a tener su cuenta en bitcóin (una simple clave pública) y en vez de gastarse todo su pisto, que con la reducción del costo en comisiones abunda un poco más, empiezan a ahorrar. Cuando el bitcóin pasó de menos de US$5 mil a más de US$60 mil, mucha gente en El Zonte empezó a ver la vida de otra manera y gente de todas partes descendió sobre aquella playa a observar a la Historia despuntar. Algunos pronto empezaron a imaginar qué pasaría si el 70 por ciento de salvadoreños que no están “bancarizados” empiezan a usar “Strike” en sus celulares para recibir las remesas de sus parientes, en vez de seguir con “Northern Union” y con los bancos. Y alguien –y después el propio Jack Mallers– fue y le contó la historia a Nayib Bukele…

En su marcha inexorable hacia la posición dominante en los activos utilizados como “resguardo de valor” (como el oro y otros metales), la actual “volatilidad” del precio del bitcóin se convertirá en una “nota de pie de página” con el paso del tiempo, mientras las monedas “fiduciarias” (incluido el dólar) sufren las consecuencias de una inflación por venir, ocasionada por déficits fiscales sin precedentes (algo saben Ellon Musk y sus colegas multimillonarios). El bitcóin es para esos efectos, objetivamente superior (en todas sus características monetarias relevantes), de manera que solo es cuestión de tiempo para que aún los “sabihondos” y “gurús” de todo el mundo se den cuenta. Modelos analíticos de flujo/inventario concluyen que un posible “precio de equilibrio” podría rondar (si el bitcóin tomara la mitad del mercado de activos de resguardo de valor a sus precios actuales), los cuatrocientos mil dólares la unidad. Y cuando finalmente llegue a su “precio de equilibrio terminal”, el precio del bitcóin, ya estable, será un indicador mundial de la salud general de la economía global, variando hacia arriba o hacia abajo, según se desempeñe la economía planetaria. Pero para suerte suya, amable lector, y la de Nayib Bukele y su gobierno, hoy aún no estamos ahí…

Desde una óptica tradicional, el gobierno salvadoreño, con una deuda en dólares de más del 90 por ciento del PIB, se enfrenta al triste cuadro de tener que “congelar” su gasto social o subir los impuestos, o pedir prestado a un mercado financiero que cada vez es más reacio a darle más. O puede apostarle a la red descentralizada del bitcóin, cuyos grandes actores, sintiéndose bienvenidos cuando en otras partes son estigmatizados y marginados, “adopten” a El Salvador y lo conviertan en “cabeza de playa” para un nuevo “despegue económico mundial”. La comunidad bitcóin, cuyo núcleo de libertarios prácticos constituyen todo un impredecible movimiento político, controla crecientes tajadas de la riqueza mundial y es proclive a hacer sentir su novedosa presencia disruptiva mediante inversiones inesperadas. El tema no está exento de peligros, como por ejemplo, el abuso de “los monederos custodiales” (que al simplificarle al usuario poco sofisticado técnicamente sus transacciones, aleja al individuo del control directo de sus bitcoines y lo hace vulnerable a la manipulación de sus custodios); cosa que algunos temen podría conducir al control malicioso de un electorado ingenuo, a manos de gente como la que hoy en día promueve las “Monedas Digitales de Bancos Centrales” (CBDC, en inglés) y los “shitcoins” (copias poco honestas de bitcóin que engañan con su canto de sirena a los ignorantes tecnológicos y a los inversionistas que sienten que han perdido “la ola”, como por ejemplo, “DogeCoin”)

Por de pronto, ya Bukele le está dedicando “la energía geotérmica de un volcán” (la electricidad es el insumo clave para emitir nuevos bitcoines) a una “operación de minería de bitcóin” en El Salvador; siendo la idea ofrecer bonos gubernamentales respaldados por BTC recién “minado”.  En materia del rumbo a seguir para materializar la masificación de su uso en el territorio, Bukele aún tiene importantes decisiones que tomar. Afortunadamente, el bitcóin tiene una alergia congénita a ser “encasillado” por el poder… Pero como se me acabó el espacio, esta semana ya no le puedo contar más…

CAMINO A LA HAYA:  El 8 de junio se cumplieron los seis meses que tenía el gobierno beliceño para plantear su postura en la CIJ, respondiendo a la del gobierno guatemalteco, presentada el 8 de diciembre del 2020.  Ya no hay excusa para que nuestro Ministerio de Relaciones Exteriores guarde en secreto cuál ha sido nuestro planteamiento y cuál su réplica.  No obstante, el canciller Brolo aún no hace pública esta información, para que Guatemala se beneficie del estudio que sus ciudadanos hagan del aspecto formal de la controversia. ¿Qué espera el Minex?

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