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Opiniones de hoy

Los números de la factura siempre serán rojos

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Las elecciones de Perú deben servir como cuento con moraleja para las elites tradicionales del continente.

A la fecha de haber escrito este artículo, la prensa internacional (guiada por el Jurado Nacional de Elecciones peruano) ha declarado a Pedro Castillo presidente del Perú con el cien por ciento de las actas procesadas. Por supuesto, la ya dos veces candidata, Keiko Fujimori, acusa al exmaestro de escuela de un fraude electoral en su contra. Esta parece ser una narrativa común en la derecha continental, siguiendo los vientos de cola de aquel trágico 6 de enero en Estados Unidos. A menos que suceda algo extraordinario, la izquierda peruana habrá ganado una elección tremendamente ajustada. A primera vista, parecería muy difícil entender la victoria de un personaje como Castillo en el país andino. Perú, una robusta economía social de mercado, podría considerarse un país de renta media en el contexto latinoamericano. Además, el país ha tenido una media de crecimiento de más del 3 por ciento en los últimos años, según el Banco Mundial. Uno de los países con mejor calificación de riesgo a nivel regional y con una deuda pública de apenas el 35 por ciento del PIB no debería ser, en principio, terreno fértil para la izquierda populista. Frente a este panorama, la única respuesta que atinó a dar la derecha fujimorista (heredera de la Constitución de 1992) fue deslegitimar el proceso en su totalidad. Era imposible que el pueblo se hubiese decantado voluntariamente por alguien como Castillo. ¿Cómo podía ganar un candidato teniendo lagunas tan evidentes de compresión de las nociones más básicas de economía y gobernanza? Es precisamente eso sobre lo que pretendo reflexionar.  ¿Qué podrían aprender nuestras propias elites políticas y económicas de los acontecimientos en Perú?

A pesar de lo expuesto en la introducción, Perú parece ser un país de dos velocidades. Los frutos del desarrollo parecieran disfrutarse solo en las urbanizadas áreas costeras del litoral. En cambio, el 20 por ciento de los peruanos que habitan las áreas rurales pareciera haberse estancado. Este desarrollo desigual tiende a ser endémico en América Latina. El investigador Eduardo Zegarra señalaba en 2019 que “este desequilibrio significa que la productividad y los ingresos en las zonas rurales son mucho más bajos que en las ciudades”. Esta división no es ajena al contexto guatemalteco. Podríamos trazar un paralelo con el área metropolitana y la llamada “Guatemala profunda”.

Precisamente, serían las áreas urbanizadas las que se volcarían en apoyo a Keiko. En cambio, las áreas rurales, excluidas del proceso económico, constituirían la base de apoyo de Castillo. Aunado a la exclusión social, se sumó el descaro de la clase política peruana. La destitución por “incapacidad moral” de Martin Vizcarra en 2020 sería la gota que colmaría el vaso. El evidente oportunismo político de la oposición (liderada en ese entonces por Keiko) provocó una desconfianza generalizada en los partidos tradicionales. Así, en una primera vuelta en la que nadie superaba el 10 por ciento de intención de voto, Pedro Castillo se coló en el primer lugar.

La combinación de la exclusión de unos y la indignación de todos sería suficientemente fuerte para llevar a Perú libre (partido de Castillo) a la Presidencia. Esta elección es, a todas luces, una bofetada de hartazgo. Las elecciones de Perú deben servir como cuento con moraleja para las elites tradicionales del continente. Debe empezar a revertirse la marginación de buena parte de la población latinoamericana. Hasta que no se inicie este proceso y se tomen en serio las tareas de gobernanza, fenómenos como el de Pedro Castillo serán cada vez más frecuentes cuando la desesperanza y la rabia popular alcancen su punto de ebullición en las distintas realidades que conforman la patria grande.      

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