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Opinión

La Prensa y el Poder


A la luz de esta dramática realidad resulta evidente la importancia capital, de que la prensa independiente juegue el rol agresivo de pequeño contrapoder de los poderes establecidos.

El desafío de la prensa independiente es limitarse a decir la verdad. A expresar las cosas como son, desde todos los ángulos y puntos de vista posibles. Por norma suele ser una práctica, un ejercicio contra la corriente, generalmente en un contexto de soledad y marginalidad y los poderes establecidos suelen considerarlo subversivo.

Son innumerables los intentos de poner a la prensa y a los periodistas al servicio de una causa, una ideología, un ideal, un interés o un gobierno. Por nobles y sublimes que parezcan, tienen un fin parecido: someter y amarrar a la prensa y a los periodistas.

No importa los elevados ideales, las altísimas razones que se utilizan como argumento para cooptar o neutralizar a la prensa: la única intención esencial es que se deje de hacer periodismo y se haga propaganda a través de los medios. Que se realice apología de prácticas que tarde terminan por convertirse en repugnantes.

 Las responsabilidades del periodismo son la crítica, la fiscalización y la lucha constante y sin cuartel contra los abusos del poder. Más aún, en países como Guatemala, en donde los peligros de abusos de los poderes establecidos se ven agudizados, debido a la ausencia en nuestros sistemas políticos de controles, balances y contrapesos institucionales, que permitan a la ciudadanía fiscalizar las acciones del Estado, como suele suceder en los países decentes y civilizados. Esta ausencia de mecanismos de control e instituciones de contrapeso, ha exacerbado la voraz, galopante y rapaz corrupción y ha transformado la impunidad en un fenómeno y una enfermedad endémica, perenne, habitual e ininterrumpida.

Para colmo, nuestra democracia electoral ha experimentado una metamorfosis siniestra: cada cuatro años elegimos un cleptodictador, un presidente ladrón, que cogobierna con las mafias, con los carteles de drogas, los contratistas, proveedores y sindicatos del Estado y unos cuantos intereses privados, ignorando las necesidades y demandas de las grandes mayorías pobres de la población. Es posible asegurar que en Guatemala ha echado raíces profundas un sistema sofisticado de cleptocracia, insensible e inconmovible a las criticas y a las necesidades de la ciudadanía.

A la luz de esta dramática realidad resulta evidente la importancia capital, de que la prensa independiente juegue el rol agresivo de pequeño contrapoder de los poderes establecidos.

Tarea muy cuesta arriba, pues la sociedad misma y los poderes tradicionales, paradójicamente también la propia prensa y los mismos periodistas, tratan de manera recurrente, de exigir la redefinición del papel de la prensa y de los periodistas independientes. De replantear lo que a su criterio significa la médula de una buena práctica periodística.

Claman porque la prensa deje de tener conciencia crítica y se dedique a demostrar, apoyar, predicar, persuadir, teniendo como ejes sus ideas, creencias, ideologías, ortodoxias, dogmas, procesos políticos y verdades oficiales y oficiosas.

Más que periodistas en los medios de comunicación; quisieran propagandistas, propagadores de buenas noticias, constructores de “castillos de naipes” y simples servilistas. 

La prensa y los periodistas deben percatarse que su sometimiento a cualquier causa, únicamente puede desembocar (1) en la siembra de viejos y nuevos conformismos, (2) en desinformación y confusión y (3) en la corresponsabilidad de cambios para que nada cambie.

Que la buena práctica periodística se limita a dudar, describir, expresar, revelar, descubrir, desnudar, dibujar la realidad con énfasis crítico, y fundamentalmente, a poner a la vista lo escondido.

Que la buena práctica periodística busca propiciar vigorosamente la libertad en su sentido más amplio, desmitificar los fundamentalismos, las ortodoxias y el poder, y realizar un libre examen de las realidades de la sociedad.  Cosas, que en su conjunto, no son nada fáciles de llevar adelante en nuestro contexto, pues como bien lo dijo Octavio Paz: nuestras elites jamás han hecho suyas la democracia, la libertad, la tolerancia, el mercado, la competencia y el respeto al Estado de derecho y a los derechos humanos, y, más bien, sus auténticas afinidades políticas, morales e intelectuales han estado siempre con el autoritarismo, el mercantilismo, el corporativismo político, los monopolios y oligopolios
económicos y políticos, los
privilegios y la intolerancia.

Asimismo, porque nuestras elites suelen poseer doble moral, lo que se traduce en que están convencidas, de que sus amigos y partidarios pueden hacer lo que se les venga en gana, sin restricciones ni castigo alguno, mientras que a sus enemigos de le debe aplicar rigurosamente la Ley. Como solía decir Porfirio Díaz: a mis amigos lo que quieran, a mis enemigos la Ley.

Por último, nuestras elites al sentirse agredidas, consideran legítimo responder sin remordimientos, con boicots comerciales, coerciones, ataques, asesinatos convencionales, asesinatos morales, terrorismo fiscal, campañas de desprestigio y difamación, acciones de represión psicológica preventiva, secuestros, chantajes, prácticas salvajes de terrorismo de Estado, cárcel, exilio, procesos judiciales, pasando por la vulgar compra de voluntades y otras estrategias crueles en contra de sus críticos y fiscalizadores.

A finales de la década de los ochenta, mi práctica periodística independiente me obligó a denunciar los abusos de poder, la impunidad, el terrorismo de Estado y los actos criminales perpetrados por el alto mando militar, entre ellos el asesinato salvaje e injustificable de la antropóloga Myrna Mack por terroristas de Estado.

Este tipo de periodismo significó las primeras amenazas y atentados, pues desafiaron la inmunidad, la impunidad y la invisibilidad del Ejército, que se consideraba intocable.

Las consecuencias fueron granadas y dinamita colocadas en mi residencia, la explosión de mi vehículo con tres granadas, mientras cenaba en un restaurante a pocos metros; llamadas telefónicas en la madrugada por años; anónimos que describían la rutina diaria de mi esposa y de mis hijos; llamadas a los cuartos de los hoteles donde me hospedaba en mis viajes al extranjero; insultos y agresiones en reuniones sociales o en las calles; amenazas de muerte; exilio de periodistas del diario, más de treinta balazos en las calles de la ciudad mientras conducía mi vehículo por órdenes del Ministro de la Defensa de turno, el narcogeneral Mario Enríquez y su lugarteniente, el delincuente y narco mayor Fernández Ligorría; boicot publicitario; terrorismo fiscal; prácticas de terrorismo del Estado; descomunales campañas de descrédito e infamias en el monopolio de televisión abierta y en el oligopolio de radio; en los horarios de mayor audiencia; misiones nocturnas de helicópteros militares sobre mi residencia; manifestaciones de empleados públicos frente a las oficinas del diario; el cerco de la planta de producción por 200 militares para impedir la circulación del diario; innumerables demandas judiciales; criminalización profesional; daños en la dirección de mi automóvil; asesinato del gerente de una industria modesta de la cual yo era socio minoritario (le cortaron todos los dedos de las manos, lo degollaron y tiraron en un pozo) por agentes del Ejército de Guatemala.

En 2003, después de que mi residencia fuera allanada por un grupo militar elite de contrainteligencia, mi familia y yo fuimos amenazados y golpeados por terroristas que simularon mi ejecución en tres ocasiones durante las dos horas que nos tuvieron secuestrados. Como consecuencia de esto, mi familia se vio forzada a salir al exilio y, desde entonces, viven en el extranjero.

En 2009, agentes del Servicio Secreto (SAAS) del presidente Colom, por órdenes de Carlos Quintanilla, me detuvieron ilegalmente, me drogaron y me entregaron a una banda criminal que me dejó inconsciente en una cuneta de una carretera, en las montañas, a 50 kilómetros de la Ciudad de Guatemala, a 7 mil metros sobre el nivel del mar. Al mismo tiempo que sufría de hipotermia, tomé una siesta con la muerte, desnudo, por 16 largas horas, mientras los zopilotes volaban en círculos sobre mí, listos para disputarse mi cadáver, con hormigas, perros y ratas hambrientas. Como daño colateral, sufrí de intensos trastornos debido a un severo estrés postraumático que me agobió por eternos 11 meses, durante los cuales anduve deliberadamente en busca de mi muerte.

Durante los últimos 30 meses del gobierno de Otto Pérez y Roxana Baldetti, debido a nuestro compromiso con la verdad, fuimos sometidos a un intenso boicot comercial de más de 30 millones de quetzales. Nuestros anunciantes privados fueron amenazados; fuimos víctimas de persecución fiscal; tuve una orden de restricción que me impedía salir del país, mientras estaba siendo enjuiciado por el Presidente y la Vicepresidenta de Guatemala, quien todavía me tiene demandado penalmente. En dos ocasiones determinaron la fecha de mi asesinato. Más de dos años mi esposa salió al exilio. En dos ocasiones estuve en las puertas de la cárcel. El gobierno, con la complicidad de Telgua, empresa de Carlos Slim, uno de los hombres más corruptos del mundo, clandestinamente, colapsó nuestra página web 14 veces y destruyó nuestros archivos digitales de 18 años; nos espiaban constantemente y hasta llegaron al extremo de negar artículos y noticias que nosotros aún no habíamos publicado. Para evitar el espionaje tuve que realizar trabajos periodísticos con periodistas extranjeros y confeccionarlos fuera de las oficinas del diario, en casa, y aún así, antes de llegar a la planta de producción, llegaron a la Casa Presidencial. Hoy en día, todavía estoy enfrentando más de 189 demandas penales por parte de exoficiales de alto rango y altos funcionarios del defenestrado gobierno de Pérez y Baldetti, a pesar que en su mayoría están en la cárcel, paradójicamente, mientras enfrentan juicios derivados de nuestras investigaciones periodísticas que terminaron por ser judicializadas, pero que, sin embargo, en tanto no se traduzcan en condenas, significan para nosotros casos de difamación y calumnias, que insólitamente jueces que trabajan a favor de la impunidad, les dieron cauces penales en nuestra contra. 

Todo esto aconteció debido a nuestras investigaciones periodísticas sobre la escandalosa corrupción y sus vínculos criminales, sobre todo, con las estructuras y redes criminales que desde 1982 han impuesto su poder en Guatemala y que las hemos conocido, como “La Cofradía”, “el Grupo Salvavidas”, “el Poder Paralelo” y más recientemente como “La Línea”. Estas redes y estructuras criminales que representan el verdadero suprapoder en Guatemala y controlan las fronteras y las aduanas en aeropuertos y puertos, para realizar con eficacia trasiego de drogas, tráfico de armas, trata de seres humanos, contrabando convencional y defraudación tributaria (solo este negocio alcanza Q12 millardos), actividades que en su conjunto les representan ingresos semejantes a los ingresos fiscales del Estado de Guatemala.

Para concluir, quisiera compartir que tengo la convicción que nuestro verdadero desafío es vencer nuestros propios miedos y nuestra natural e inevitable cobardía, que representan los únicos obstáculos para desafiar y hacer frente a nuestro pervertido, perverso y siniestro statu quo, caracterizado por realidades concretas llenas de complejidad.

La sobrevivencia de una verdadera empresa periodística en Guatemala se trata, simplemente, de tener tenacidad en medio de un contexto hostil; de sostener valores y convicciones; de trabajar con honestidad e integridad, en medio de un entorno corrupto, capaz de corromper a cualquiera.

Estoy convencido de que es preferible morir de pie, que vivir arrodillado, avergonzado y rodeado de ese lado oscuro que todos los seres humanos tenemos. El único enemigo que debemos vencer es a nosotros mismos. Si nos vencemos a nosotros mismos, nadie puede derrotarnos.

Quisiera terminar compartiendo con ustedes una convicción de Octavio Paz: La libertad no es un concepto ni una creencia. La libertad no se define: se ejerce. Es una apuesta. La prueba de la libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre en contra de la corriente, en soledad y en la marginalidad, añado yo, que se atreve a decir No al poder. No nacemos libres: la libertad es una conquista y más que una conquista una invención y se ejerce al expresar lacónicamente No Quiero al poder establecido. 

La prueba de la libertad no es filosófica sino existencial: hay libertad cada vez que hay un hombre libre, cada vez que un hombre en contra de la corriente, en soledad y en la marginalidad, añado yo, que se atreve a decir No al poder.

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