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Opiniones de hoy

Sensibilidad y rabia

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He llegado a pensar que la crueldad, en este mundo, es una virtud, y que la sensibilidad por el contrario se ve como una carencia.

Siempre me costó relacionarme con los demás, nunca fue un secreto, nada más es que ahora ya no me avergüenzo de esta soledad. Por eso me gustaba jugar ajedrez; poquitas personas y silencios. Normalmente me iba caminando para todos lados, hasta que un borracho se chocó en la esquina y me prensó la falda. Ese día lo recuerdo siempre como un chispazo, me sentí muy chiquita, ¿te recordás que te conté? Así, desde ese día tenía que esperar a que llegaran por mí a todos lados. A todos. Esperaba largos ratos entre las columnas del templo. Pienso en mi bisabuelo y en la orquesta de niños descalzos tocando para el cumpleaños de la madre del dictador, ¿algún día veremos el fin de las dictaduras? Aquí no cambian ni de apellido. El terror de amanecer sin garantías, sin derechos, ¿cómo le hago para saberme persona? Por ratos siento que este es un no lugar para soñar. Esperando así fue que conocí a Papelito. Él entrenaba judo y vivía cerca. 

No sabía que podías escoger, por decirlo de alguna forma, terminar con los días. Creía que todos mueren como morían las abuelas de mi cuadra, o algunos niños que fallecían de soplo, o por una fiebre mal cuidada. No sabía que se podía decidir que los latidos se desvanecieran, que cesaran; después de meses de taquicardia, con la mente aún más acelerada (más que nunca), hasta encontrar quietud. Eso fue lo que hizo el papá de Papelito. Papelito no quería regresar a su casa, decía que estaba inundada por la ira de su padre, que lo invadía. Pasábamos el rato entre esas ruinas presentes de la dictadura. Años después supe que el papá de Papelito decía que había hecho algo imperdonable, así decían. Qué horror, ¿verdad? 

He llegado a pensar que la crueldad, en este mundo, es una virtud, y que la sensibilidad por el contrario se ve como una carencia. Cuánto callamos bajo la máscara de la hipocresía, y así ser cómplices de nuestro sufrimiento con tal de guardar apariencias, las que sean. Como el papá de Papelito que le tenía prohibido a su hija hablar con sus amigas, para que no dijera lo que él le había hecho. Porque así nos ven, como criaturas semi pensantes, incapaces de gestionar lugares para el cuidado y apoyo mutuo, como si nuestra única capacidad fuera echar el chisme. Hablar sobre sus maltratos les parece calumnia. Lo que a nosotras nos podría salvar, hacernos sentir entendidas, para ustedes es… No me digas que no; así nos tratan. 

Por ahora quisiera darle vacaciones a las sobre justificaciones y dejar de ceder ante mi rabia, dejar de pensar que estoy exagerando. Porque mi cuerpo detona cuando lo ignoro, porque mi cuerpo tiene memoria, porque yo no estoy loca. El mundo me ve y me quiere como es él, con toda la dureza con la que nos trata a quienes no queremos o no sabemos) pertenecerle. Porque me quiere ventajosa y aprovechada, consumista, egoísta, voraz y apática. Todo con rapidez y disimulo, porque eso es la inteligencia para él. Si llegara, en algún momento, a acercarme a alguien bajo una conexión que me devele cada rinconcito de su vulnerabilidad, debería entonces humillarle públicamente en la sobremesa, frente a la multitud. Burlarme de todos sus dolores –que conozco gracias a su confianza e intimidad– y el mundo estaría complacido. Entonces nos regocijaríamos juntos y sería suya. Pero resisto. Resisto por cada una de las veces en las que alguien cercano abusó de mí. Resisto ante cada golpe y toqueteo de los desconocidos en la calle. Los veo con fuego y hasta he logrado espantar a más de alguno. Pero se me parte mi ser cuando los cercanos hacen lo mismo. Y sigo resistiendo, tratando de no ser violenta, a pesar de toda la maldad con la que el mundo me trata. Resisto. Pero lloro, me caigo y siento que me fundo con el cemento de las calles tristes, que también testifican todo el dolor. Y me vuelvo a caer, me raspo y lloro. 

Pero ni todos los peligros, ni todas las frustraciones me han apagado el amor.  Porque la victoria más grande de la ternura es esa, el amor solidario. Porque ni todo el dolor, ni toda la disforia me quitan lo flor. Porque mi sensibilidad es una herramienta, no una debilidad (Samael, 2020). Una herramienta para encarar esta mierda de mundo y gritarle de frente que no quiero ser como él, que no me voy a convertir en lo que sus esbirros me quieren convertir, en lo que me hicieron. 

Tal vez algún día la maldad me envuelva hasta hacerme desfallecer del cansancio, pero preferiría abandonar la poca bondad que se me ofrece, antes que ser el amigo que te desnuda en la vergüenza, aquel que se disfruta y se sirve de tus carencias, que sacia su curiosidad con tu vulnerabilidad. Que la incomodidad no aplaque la rabia y que la crueldad de ellos no me quiten mi luz.

No estuvo bueno eso que hiciste, lo sabes, y sí, los días pasan, pero mis tiempos no son los de él. Entendí que en la malicia no hay bondad ni alegrías y lo sabes.  Esa es tu condena.

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