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Opiniones de hoy

Cora

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Llegar diariamente al colegio era verdaderamente una gran hazaña, sobre todo para quienes vivíamos en el Centro. Un autobús destartalado nos recogía a eso de las seis de la mañana: bolsón, lonchera de mimbre y morral indígena colgado del hombro eran el complemento del uniforme de falda cuadriculada en café y suéter color verde grama. 

Era un recorrido larguísimo, de Ciudad Nueva a Mariscal, con parada en el Hipódromo del Norte, El Sauce y Lo de Bran. Era  tan largo, que daba tiempo de dormir, contemplar el volcán por la ventanilla,  comer membrillo con limón y sal de un botecito de vidrio o aprenderse  de memoria los huesitos de la mano, el tarso, metatarso y dedo, o los ríos de Guatemala, con desembocadura  en el  Pacífico, todos, del Suchiate a la Paz.

En “kínder” iniciamos la odisea escolar: dos resbaladeros gigantes, un tren hecho de cajones de madera con roldanas rojas que nos llevaban al infinito y una maestra de nombre Lucrecia Aparicio, linda, con el cabello abombado, falda de sombrilla, igualita a las que aparecían en los anuncios del magazine Look. El aula era grande, con ventanales enormes a un jardín siempre verde y con una galería de madera con ganchitos en donde colocaban las hojas de trabajo sobresalientes,  conejos o caballos, los mejor coloreados, porque la meta era no salirse de la línea.

Varias mesitas de madera de colores tenues acomodaban al alumnado, y en la amarillo pollito, estábamos con caras de asustadas, Gina, Corina, María Victoria y la Cora Penados.  Porque,  “este es mi colegio Monte María, donde aprenderemos todos a escribir…” cantábamos el montón de muchachitas vestidas a lo Marilú, acompañadas en el piano por la señorita Helen Lainfiesta.

Bajo la tutela  de las madres de  Maryknoll, recorrimos catorce años de estudios, vivencias y peripecias. Fomentamos las mejores amistades, nos convertimos en mujeres trabajadoras,  sensibles, empoderadas y valientes. Capaces de enfrentar mareas fuertes de la mano de Dios.  

Y aquí estamos, cientos de años después, las del grupo de “Kínder”, celebrando la amistad y la bendición de ser.   Porque: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”, que cantábamos los versos de Machado por los corredores acompañadas por Serrat, o “cada mico en su columpio” gritaba la presidenta de la clase a voz en cuello, encargada de las finanzas de las que vivíamos siempre en rojo, porque nos daban fiado y no pagábamos. 

Hoy valen las vivencias, Cora, los recuerdos, el tiempo compartido, el cariño entre amigas extendido a nuestras familias,  porque después de esta encerrona regresarán los abrazos y las risas;  las margaritas bien frías, el karaoke, los “juntes” sanadores y las historias con los Tigres del Norte de música de fondo.  

 

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