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Opiniones de hoy

Chismolandia

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Follarismos.

El mundo de los chismes es amplio. Siempre recordaré el drama del joven Pável –creo que así se llamaba el personaje de la primera novela del escritor checo Milan Kundera, intitulada ‘La broma’–, cuando un comentario gracioso expresado a un grupo de colegas en la universidad se convirtió poco a poco en un chisme del tamaño del Moldava, río que atraviesa la ciudad de Praga, y llegó hasta las autoridades del país, obligándolo a exiliarse en Francia, como le sucedió en realidad al famoso autor de la novela. El hecho de que los chismes y rumores pueden llegar a ser fatales hasta para un pueblo entero lo ilustra el famoso cuento de García Márquez intitulado ‘Algo muy grave va a suceder en este pueblo’, donde el simple presentimiento negativo de uno de los personajes se convierte, de boca en boca, en una profecía auto-cumplida, es decir, en una desgracia que, habiéndose instalado en la imaginación de los habitantes, se convierte en terrible e ineluctable realidad.

Hay países y regiones del mundo que se especializan en producir chismes, transformándolos en un elemento esencial de la realidad, al grado de que llegan a ser más importantes que la realidad misma. Tengo la impresión que en países mediterráneos como Portugal, España e Italia, en sus zonas más sureñas y agrícolas, es donde el chisme y los rumores corren como Pedro por su casa, y donde la imaginación adquiere una consistencia más febril que los intentos por neutralizar las especulaciones fantasiosas de los pobladores. Contra más pequeño y provinciano es un pueblo, más inclinado se muestra para espiar y comentar obsesivamente las andanzas y los entresijos de la vida de los vecinos, aunque se dan factores de supuesto orgullo de clase y de identidad que propician tal comportamiento, como sucede en ciudades como La Antigua y Quetzaltenango, de nuestra querida y pintoresca Guatemala, en los que no hay vecino que no haga la autopsia diaria de las idas y venidas de sus conciudadanos.

En el plano local, los chismes destinados a arruinar la reputación de algún posible contrincante parecen abundar con más fuerza en las oficinas gubernamentales, en donde la competencia es inmisericorde. En particular, parece que es en los ámbitos femeninos (que son los más vulnerables en todo sentido) donde la capacidad destructiva de la maledicencia suele haberse elevado a la categoría de arte para asegurar la perdurabilidad en el puesto de trabajo u otros beneficios. Se ha vuelto ya un estereotipo, pero tristemente escucho a menudo en mi consultorio la terrible queja de algunas pacientes: “Las personas más ponzoñosas y sin escrúpulos que conozco son mis propias compañeras de trabajo, sobre todo cuando la jefa es mujer”. Lamentablemente, es una de las múltiples taras del subdesarrollo. 

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