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Opiniones de hoy

El Canciller

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Los pueblos poseen poca memoria histórica y la democracia, con el tiempo y la seguridad adquirida, tiende a  la mediocridad.

Fernando Andrade  ha vivido  una  larga, diversa  e intensa  carrera   pública, pero  fue  durante  el periodo 1983-1985 en que su natural capacidad política y diplomática se puso a prueba  al estar  entonces  directamente ligado  a  las decisiones del Estado. Como Ministro de Relaciones Exteriores, pero más aún como hombre influyente del régimen militar de Mejía Víctores,  apostó con éxito a un proyecto político que le permitió guiar al país  hacia el  cambio indispensable que la nación requería en esa época de su historia.

En marzo de 1982 fue derrocado el general Lucas García por la oficialía joven del Ejército, acción que favoreció indirectamente al general retirado Ríos Montt, llamado este  a dirigir un triunvirato militar. Semanas más tarde, habiendo apartado a sus colegas triunviros, se declaró el jefe unipersonal del Gobierno. La guerrilla de origen castrista, surgida en 1961 y  derrotada por Arana Osorio en el oriente del país, había renacido con violencia en el occidente, después del terremoto  de 1976. Ríos Montt combatió una guerrilla llegada cerca de la capital, rechazándola  y empujándola allende la frontera mexicana.  Las violaciones de derechos humanos de ambas partes de la contienda, el desorden jerárquico del Ejército, sumado ello al cansancio de la población frente a la evangelización obligada riosmontista  provocó el relevo de mando militar, habiendo así llegado a la jefatura del Estado, el 8 de agosto de 1983, el general Mejía Víctores, con  Fernando Andrade a cargo del Ministerio  de Relaciones Exteriores. La guerrilla, militarmente maltrecha, empezaba a recurrir con astucia a la “diplomatización” como recurso de su sobrevivencia, habiendo logrado   apoyos internacionales limitados con base al tema sensible del irrespeto de los derechos humanos. Un cambio de política gubernamental  se imponía tanto en lo internacional como en lo interno. Era imperativo abrir nuevas perspectivas para lo cual se requería una diplomacia  creativa, pero sobretodo creíble de cara a la comunidad internacional, pero más aún frente a Washington, que privilegiaba entonces la intervención bélica contra el sandinismo nicaragüense dentro del contexto de la Guerra Fría. Una conflagración  generalizada de la región no era del interés de Guatemala, que empezaba a salir lentamente  de su propio conflicto interno. Tampoco lo era para las naciones colindantes con Centroamérica. El Grupo de Contadora, conformado por México, Colombia, Venezuela y Panamá, había surgido a principios de 1983 de esa misma preocupación. Andrade ve la oportunidad de apoyarse y colaborar con sus colegas de Contadora abriéndole, gracias a ello, espacios internacionales a Guatemala. La simbiosis que se establece entre el Canciller guatemalteco y sus colegas de Contadora y del Grupo de Apoyo latinoamericano fue más allá de lo esperado, al haberse logrado que Guatemala fuera aceptada  por dicho conjunto de países amigos sin ambages ni limitaciones. El resultado de la diplomacia hábil y juiciosa de Andrade permitió también –suprema habilidad del Canciller guatemalteco– suavizar la postura norteamericana, de cara a la  proyectada  intervención militar de Nicaragua  que arriesgaba de vietnamizar la región. Lo acertado de dicha diplomacia se confirmó al haberse desmadejado el régimen sandinista que perdió, sin intervención militar mayor, el control del país en los años subsiguientes. El segundo eje de la política del Canciller fue lograr, a pesar de la fuerte oposición inicial castrense, los cambios indispensables en la política interna del país. Se requería restablecer la legalidad política y darle espacio a una sociedad de civiles deseosos de participar en la vida pública nacional. Andrade, con el irrestricto apoyo del jefe del Estado, promueve la Constituyente en 1984, que desemboca en elecciones presidenciales libres y diáfanas y el traslado sin condiciones del poder al civil Cerezo Arévalo. Nace así la era de gobiernos civiles y  democráticos, el militarismo inicia su retirada lenta pero inexorable  de la política nacional. Andrade había ganado su apuesta al haber guiado a Guatemala, a pesar de los malos augurios de entonces, hacia la libertad política y la democracia…

Pero los pueblos poseen poca memoria histórica y la democracia, con el tiempo y la  seguridad adquirida, tiende a la mediocridad. Guatemala es la excepción.

Desde su tranquilo retiro en Antigua Guatemala es de preguntarse cómo Fernando Andrade percibe hoy el resultado de su lucha de aquellas épocas por democratizar la tierra chapina y  haberlo logrado.

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