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Opiniones de hoy

El hombre grillo

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En la rigurosa dictadura, casi victoriana, de mesa de almuerzo y cena de mi infancia, con servilletas de tela y mantel blanco ya para entonces cubierto con un grueso plástico transparente por aquello de los accidentes, aprendí el oficio de escuchar. Reprimida ante el rotundo “tú te callas” de mi padre con que frenaba mis opiniones volátiles, muy pocas veces logré aterrizarlas en aquellas sobremesas, para mí, demasiado formales y didácticas.

En el ágora de la mesa de comedor de la casa del Centro, sentada al lado izquierdo de mi madre con la boca cerrada, frente a la canasta olorosa a cielo del pan francés de Las Victorias, mis padres me obsequiaron el más valioso de los regalos, sus narraciones e historias, las que instantáneamente  revoloteaban en mi cabeza, como si estuviera viendo una de las películas en blanco y negro de la franja de Telecine de Canal 3.

Escuché todo lo que puede escuchar una niña y aún más, mucho más, atrapada en la magia de otros tiempos, el de mis padres, ya para entonces muy adultos, cuando yo frisaba quizás los nueve años de edad. Era una metiche de profesión que lograba pasar inadvertida, entretenida en escuchar historias, las de don Manuel y don Jorge, mis favoritas, o las de guerra, con guerrilleros enmascarados refugiados en la Sierra de las Minas.

Pero una mañana, recuerdo, sentada en un sillón de la sala, frente a un amigo de juventud de mi madre, y con un, “qué sorpresa tan grande verte, no sabía que estabas de vuelta  en Guatemala”, de mi madre. Era un hombre larguirucho y huesudo, un grillo triste, de aspecto verdaderamente triste. Vestía traje completo y sus últimos mechones de pelo los mantenía en la cabeza gracias a una capa espesa de vaselina. Hablaba quedito, masticando sus pensamientos: “Esto es para ti, Chita. No quería irme sin entregártelo”. Era su libro, un ejemplar de pasta de cartulina celeste. 

Relató su desengaño amoroso, la mujer que nunca regresó y los zapatos que no dejaban de aplastarle los juanetes, los mismos de la infancia. “Pero anímate, para todo hay solución en la vida, hasta para tus pies”. “Haz la lista de todas las personas que te apreciamos”, apuntaba mi madre, mientras el visitante repasaba con las yemas de los dedos, una y otra vez, la comisura de su sombrero.

No mucho tiempo después conocí el final de la historia, el hombre grillo se había encerrado en su habitación para pegarse un plomazo en la cabeza. La escena la tengo clarísima: la pistola con tolva cargada escondida debajo de la almohada, cinco pasos contados de la cama a la puerta para poner el cerrojo, y en medio de la pieza, apuntándose con la pistola la cabeza. Frente al ropero, en un sillón destartalado, dejó un rimerito de libros de pasta celeste. 

 

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