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Opiniones de hoy

Turquía y el genocidio en Armenia

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Joe Biden reconoce como genocidio lo sucedido a los armenios hace cien años.

El Imperio otomano (1299-1922), cuyo centro neurálgico de poder se estableció en la majestuosa y hoy emblemática ciudad de Estambul, antes denominada Constantinopla, dejó huellas históricas indelebles registradas a través de su religión islámica, su cultura oriental y sus guerras de dominio en los confines de territorios extensos del este de Europa, del Asia Central, del Medio Oriente y del norte de África. 

Este imperio, que en su momento cúspide parecía invencible, entró con el tiempo en un proceso de franca decadencia que culminó con el error histórico de aliarse al bando perdedor durante  la Primera Guerra Mundial (1914-1918),  liderado por Alemania junto a Italia y al Imperio austrohúngaro, otro imperio en decadencia. La llamada Triple Alianza sufrió una humillante derrota militar y política que llevó en el caso del Imperio otomano a una dolorosa desintegración. 

Es precisamente en los estertores del Imperio otomano que se dio la persecución, los enfrentamientos y la muerte  de cientos de miles de civiles armenios y también otomanos. A cien años de estos acontecimientos prevalece hoy en día una tensa discusión, que aún es irresoluble entre armenios y turcos, estos últimos herederos históricos del Imperio otomano, sobre si efectivamente lo sucedido fue un genocidio. 

La República de Turquía, constituida en octubre de 1923, que se ubica estratégicamente entre el sureste de Europa, Asia y el Medio Oriente, al decidirse finalmente aliarse a las fuerzas occidentales, durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), adquirió un valor de aliado vital, estratégico e incondicional al que no había que incomodar. Lo confirmó su ingreso en la Organización del Tratado del Atlántico Norte –OTAN– en 1952 y su rol de contrapeso a la Unión Soviética durante la Guerra Fría (1947-1991). 

Si bien Turquía se mantiene firme en la OTAN, ha desistido de su aspiración a llegar a ser miembro de la Unión Europea –UE–, debido a que las negociaciones no fueron concluyentes. Y en los últimos años ya no ha estado actuando como un aliado militar incondicional de Occidente sino más bien lo hace respondiendo también a sus propios intereses nacionales.  

Por ejemplo, Turquía, pese a la advertencias reiteradas de Estados Unidos de no comprar sistemas avanzados de misiles rusos tierra-aire S400, los adquirió alterando así la política de defensa de la propia OTAN. Por razones de seguridad interna ha movilizado fuerzas militares en Siria y en Iraq de ‘motu proprio’. Se ha involucrado en el conflicto interno de Libia, ha movilizado fuerzas  navales en el este del mar Mediterráneo, en áreas marítimas de países vecinos provocando tensión particularmente con Grecia, otro miembro de la OTAN, que obligó a Francia a intervenir en esta situación desplegando fuerzas de su Armada. Y por último, pero no menos importante, Turquía incidió en el reciente conflicto militar de la franja de Nagorno-Karabakh en el Cáucaso respaldando a Azerbaiyán en contra de Armenia. 

En este contexto, en el cual Turquía adquiere con los debidos cálculos políticos mayores niveles de autonomía de Occidente, el presidente demócrata de los Estados Unidos, Joe Biden, reconoce como genocidio lo sucedido a los armenios hace cien años. Esto generó una reacción de desaprobación y de molestia de parte del Gobierno de Turquía. Los anteriores gobiernos de los Estados Unidos tanto demócratas como republicanos se habían cuidado en no llegar a ese extremo. 

Turquía es un aliado estratégico de Occidente al que no se le puede provocar innecesariamente ni subestimar su capacidad de actuar conforme sus intereses. La OTAN cuenta en Turquía con bases militares de misiles nucleares, aéreas y de radares avanzados que son indispensables para su seguridad y su defensa. La administración Biden respondió a presiones de política interna rompiendo la tradición de mantener una relación constructiva con un aliado que se precia y juzga su propia historia, que no es por supuesto la misma que la de Occidente.

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