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Opiniones de hoy

¿Cuál es el camino?

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“No olvidemos que el poder absoluto siempre ha existido, aunque en apariencia vivamos en democracia”.

Exhorto a los lectores a separar las pasiones que las ideologías despiertan y aproximarse a esta nota de manera objetiva, para que imperen la lógica y el sentido común. La situación que vivimos en los tres países del norte de Centroamérica ha monopolizado los titulares noticiosos, los espacios de opinión y las cuentas de Twitter, no solo de aquellos involucrados en la problemática sino de cualquiera que tenga algo que decir al respecto. Lo que me motiva a escribir sobre el tema es que no veo ninguna ruta viable para salir del atolladero; estoy convencido que el histórico juez tampoco. Es por ello por lo que antes de abordar cualquier solución plausible conviene que hagamos un recuento objetivo de los hechos, para que alejados de las ideologías nos sometamos al escrutinio de la realidad. 

Empecemos por llamar a cada cosa por su nombre, divorciándonos de los acostumbrados eufemismos que nublan nuestro raciocinio. La inescapable realidad es que Estados Unidos –al que la mayoría de nuestros connacionales ven como la salvación–, ha sido juez y parte en nuestra historia, lo que los convierte en corresponsables de los problemas que hoy pretenden arreglar. Su impronta en la región obedece a intereses puntuales que no siempre han estado alineados con los de sus supuestos aliados. Los mismos que hoy se aferran a una intervención por parte del gobierno del presidente Biden, recuerdan cómo la “primavera guatemalteca” fue truncada al verse afectados los intereses de la United Fruit Company. De la misma manera, quienes se aferraron a las políticas del presidente Donald Trump para sacar a la Comisión Internacional Contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), acusan hoy en día al mismo Gobierno estadounidense de intervenir en asuntos internos y atentar en contra de nuestra soberanía. Este es el país capaz de reconocer que un dictador de la región centroamericana es un “hijo de puta”, pero aceptarle y trabajar con él porque es su “hijo de puta”. Ejemplos como este sobran. Este mecanismo de prueba y error ha sido responsable de buena parte del caos que reina en los países pobres y subdesarrollados como el nuestro. 

Hoy, bajo la premura de detener el flujo ilegal de centroamericanos hacia su país, el Gobierno de Estados Unidos se ve forzado a intervenir una vez más en la región, pues esta se ha convertido en una amenaza a la seguridad nacional. Su enfoque parece ser el de atender las causas de dicha migración, no sin dejar por un lado el control fronterizo. Para ello, tendrán que trabajar con los tres países, cada uno con liderazgos diferentes y particulares, a pesar de que el hilo conductor sea el mismo en algunos casos. Honduras es un narcoestado en el que el Presidente se reeligió ilegítimamente, ante la mirada impávida de la comunidad internacional. Guatemala es una cleptocracia apañada por poderes fácticos que han acaparado el poder, hoy monopolizado por el narco. Y El Salvador tiene todos los síntomas de convertirse en una dictadura, que, al no controlarla los americanos, les causa demasiado ruido. La realidad de los tres países es idéntica: sociedades subdesarrolladas gobernadas por las mafias que se enriquecen a costa de la desgracia de la mayoría, Estados cooptados históricamente por poderes oscuros. Todos estos factores son los responsables de la descontrolada inmigración hacia el norte. 

Seamos honestos, aceptemos que el único camino viable para salir del atolladero es desmantelando el sistema actual. Si estuviésemos en la posición de Nayib Bukele, ¿haríamos lo mismo? A los guatemaltecos y a los hondureños, les pregunto: ¿Realmente se puede cambiar nuestra situación por la vía democrática? Es imposible y el Norte lo sabe. Siempre lo ha sabido y es por el camino que ellos han optado, a veces de frente y otras, solapadamente.  El camino de Bukele es el único viable. Lamentablemente, la historia de sus antecesores a nivel mundial lo condena y le da muy poca probabilidad de no convertirse en uno más de a quienes el poder marea. La historia de El Salvador deslegitimiza a la izquierda y a la derecha, pues ambas fueron desastrosas al gobernar. Bukele tiene una oportunidad única de romper paradigmas y ser el primero en obtener el poder absoluto sin corromperse de manera absoluta. Nuestro pasado y la historia de la humanidad apuestan en contra suya. Aunque no nos guste, su llegada no es ilegítima como lo es quien gobierna a Honduras y lo que impera en Guatemala. A lo que se le teme, aún está por verse. No olvidemos que el poder absoluto siempre ha existido, aunque en apariencia vivamos en democracia. 

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