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Opiniones de hoy

Para “Tati”

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La recuerdo anciana, con carita de ovejita. Con el cabello muy blanco, como plumas suaves, peinado con un pequeño gancho de carey. 

La llamábamos Tati, como la bautizó la primera de las sobrinas allá por 1932, cuando ya huérfana, no le quedó más remedio que ir a vivir con mis padres, compartiendo de refilón los gozos y las peripecias de sus sobrinas.

Nunca la vimos resentida o amargada por la vida que le tocó vivir, por la soltería.  Al revés, fue la tía amorosa que cualquier sobrino puede desear o imaginar en la vida, con un regazo enorme en donde cupimos todos y unos brazos fuertes olorosos a colonia alemana y a polvos blancos de talco de mota, que nos arroparon haciéndonos  caer dormidos y seguros gracias a las canciones de cuna que entonaba, las que aprendimos de memoria de tanto abrazo. Porque.. “Esta niña linda que nació de noche quiere que la lleven a pasear en coche…”

De lo que le gustaba hablar de su infancia o juventud,  algunos datos fui apuntando en mi libretita a lo largo del tiempo.  Nació en los cuarenta de su madre, y que a Dámaso, su padre, no le había hecho mucha gracia su llegada. Odiaba su nombre, Luz Marina. El terremoto lo pasó  cargada “a tuto” por su nana, y que el día en que falleció su mamá le inyectaron un calmante tan fuerte que le impidió llegar al funeral.

Nadie se atrevió a preguntarle si había tenido novio o por qué no se había casado. Y creo que la tribu de sobrinos asumimos como  propiedad que Tati estuviera allí siempre, para nosotros, regalándonos tantísimo amor.

Tati  fue quien llegó a rescatarme de la tristeza y desconsuelo cuando murió mi mamá, su hermana. Con paciencia de santa dulcificó mis días, arropó a mis tres hijas pequeñas y gracias a esa entrega incondicional que la caracterizaba, se hizo la magia: ella me fue adoptando como hija y yo en el camino, fui encontrando a otra mamá.

Una tarde, entendí que su vida se estaba apagando. Me pidió  que sacara de su clóset la caja plástica con su cédula, “llevátela a tu casa, para tenerla lista”, dijo.   Al día siguiente, me ordenó “quiero que mi armario sea tuyo, andalo a sacar, hoy!!”,  y más adelante, confundida en los tiempos remotos de su infancia y juventud, me sorprendió mientras almorzaba con ella, llamándome mamá.

Tati partió un día miércoles 18 de mayo, muy poco tiempo después de haberme  convertido en su madre.  Llovía a cántaros y el agua rebalsaba por el tejado de la casa del Centro,  el mismo solar que la había visto nacer y crecer, rodeada por un batallón de sobrinos que la quisieron siempre. Esa noche, me refugié en el entrecruce de paredes de una esquina de su habitación, y experimenté por tercera vez  ese dolor profundo y puntiagudo de la orfandad. Suerte la mía de tenerla. Suerte.

 

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