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Opiniones de hoy

La vacunación en los mundos indígenas

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En muchos lugares emergió un estigma respecto a la enfermedad.

A más de un año de la pandemia del COVID-19, más de 3.34 millones de personas han muerto en el mundo, y aunque los datos desagregados sobre cómo la enfermedad afectó por etnia, género o clase a nivel mundial aún tardarán en compilarse, en Guatemala uno de los datos es cómo la enfermedad ha afectado a comunidades indígenas, que son la mayoría de la población. A nivel latinoamericano, los pueblos indígenas han enfrentado desafíos particulares a causa del abandono del Estado, los círculos de pobreza, los procesos estructurales de violencia, las distancias geográficas, idioma o falta de información oficial.

Las exclusiones históricas en las que se encuentran las comunidades indígenas y rurales del país dificultan el acceso a servicios médicos, medicinas o inclusive a medios de transporte para salir a centro urbanos y recibir cuidado. Además, existe una falta de confianza en los procesos de la medicina occidental que se realizan sin tomar en cuenta las diferencias culturales entre etnias o comunidades. Esto llevó a que, desde el año pasado, los pueblos diseñaran sus propias estrategias para protegerse, cuidarse y tratar la enfermedad, utilizando sabidurías y productos naturales de su contexto.

No obstante, dada la falta de transparencia y el mal manejo de comunicación desde las autoridades nacionales y locales, en muchos lugares emergió un estigma respecto a la enfermedad, lo que llevó a varias personas a rehusarse a recurrir a la prueba de detección por miedo a ser trasladados a hospitales lejanos a sus comunidades o ser rechazados por sus vecinos. Esa misma falta de comunicación está presente en esta etapa de vacunación.  Sin campañas claras o en diversos idiomas, una gran parte de adultos mayores de los mundos indígenas que podrían vacunarse ahora no lo harán.

En áreas urbanas, los adultos mayores que han sido vacunados lo han hecho gracias a procesos realizados por sus hijos, nietos u otros familiares, quienes fueron los encargados de llenar registros, proveer sus propios números de celular y movilizar a los ancianos a los puestos de vacunación. Aún así, muchos ancianos indígenas, inclusive aquellos viviendo en la capital, todavía no saben dónde ni cómo registrarse o no tienen a nadie que pueda trasladarlos a los centros de vacunación asignados. En áreas rurales, el registro es más complicado y los puestos de vacunación están alejados de sus comunidades. En ambos contextos, rurales y urbanos, la desinformación generalizada, inclusive de iglesias evangélicas, hace que muchos ancianos no confíen en una vacuna porque existe un discurso que retrata a la enfermedad como ficticia o a la vacuna como peligrosa.

Así que mientras las variantes de la enfermedad avancen, las vacunas continúen escaseando y la desinformación se reproduzca, la pandemia en Guatemala no llegará, pronto, a su fin.

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