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Opiniones de hoy

Gracias, soldado que me vacunó

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Otra orilla.

No. No fueron tanquetas, ni metralletas ni kaibiles haciendo bulla quienes llamaron mi atención. Fue encontrarme con sus botines relumbrantes y el asomar de sus pantalones  camuflaje lo que me sorprendió. Una imagen en la que  no encajaba su presencia en un ámbito donde el equipo de atención, lo formarían  oficialmente médicos, enfermeras y  más personal  del Ministerio de Salud.

Su porte de soldado se acentuaba, en contraste con una bata celeste que le quedaba estrecha. Sin monograma, sin logo, sin ninguna indicación que dijera: Escuela de Enfermería del Ejército de Guatemala. ¿Por qué no le dieron un distintivo de profesional capacitado?, quien sabe.  ¿Discriminación jerárquica o egos acaparadores?

Se movilizó a su puesto de trabajo  y ahí se quedó. A su lado, otro muchacho vestido de igual forma. Ambos, esperaron la orden de comenzar a vacunar a todos los asignados: Mis compañeros de la Tercera Edad que habíamos llegado entusiasmados, en apariencia,  llenos de miedo e incertidumbre, en realidad, y encomendados a Dios, para no salir peor de como entramos.

Después de observarlos en ese injusto anonimato,  en un sitio que no era un cuartel, –mientras esperaba–, me acordé del año 1996, cuando trabajaba como Gobernadora del departamento de Guatemala y conocí a varios oficiales que me brindaron incondicional apoyo desde su programa de Puertas Abiertas. Yo les correspondí, acompañándolos en sus gestiones ante el Ministro, para proponerle programas de educación para la tropa que, en esos años, muchos salían manejando un arma, pero tan analfabetas como habían entrado. Ya existían programas incipientes que no se generalizaban.

Así fue como en 1996 se oficializaron programas de nivelación de alfabetización, con el apoyo de Conalfa; el programa Peisol –Programa de Educación Integral del Soldado–, nivelación del bachillerato por Madurez que se instituyó en todos los comandos que, desde entonces, ha graduado 25 promociones de soldados-bachilleres. 

Mi personaje me dijo: Siéntese y descúbrase el brazo. Y, pin, impulsó la jeringuilla con una certeza, que ni sentí el piquete. Y aquí me tienen. Tres días después, solo me queda el recuerdo de la acertada experiencia.  

Averigüé que tuve la suerte de ser vacunada por uno de los 300 enfermeros con que el Mindef colabora con el Ministerio de Salud. No es justo ni honesto, de parte de los políticos de turno y sus huestes de incondicionales, mantener escondidos bajo una bata vieja a esos profesionales de la salud que, por ser soldados, no se les da su mérito profesional. Hacen el trabajo más difícil, mientras, en algunos sitios, los médicos asignados, arman sus conciliábulos en otra carpa. Eso fue lo que viví.

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