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Opiniones de hoy

La crisis del COVID-19 y el desbordante descontento social

opinion

No se puede combatir de forma irracional el descontento como lo ha hecho el Gobierno colombiano.

El actual agravamiento de la crisis del COVID-19 no es un fenómeno inesperado, como tampoco lo fue, en su momento, la misma aparición de un virus anunciado con bastante anticipación. No es sorpresivo, entonces, que dicha pandemia afecte a un orden global debilitado por una desigualdad que incuba el descontento generalizado. Se empiezan a avizorar salidas del callejón neoliberal, aun cuando los intereses de la plutocracia global acudan a las mentiras y la desinformación que las redes ayudan a introyectar en sociedades cada vez menos reflexivas.

En efecto, los factores políticos y económicos juegan un papel en el desbordamiento de la pandemia. En rigor, esta no es una enseñanza nueva: ya el premio nobel, Amartya Sen, había visto que las hambrunas no aparecían en democracias bien establecidas. Tiene sentido entonces que los puntos álgidos de esta crisis se den en aquellos países con gobiernos autoritarios. Las diferencias entre Estados Unidos de Biden y Trump ilustran este fenómeno.

Esta aseveración se confirma, con rasgos más trágicos, en la India, cuyo gobierno de tendencias autoritarias y nacionalistas no hizo mayor cosa para evitar el desastre total. La magnitud de la catástrofe se puede colegir en el hecho de que India cuenta con 1,300 millones de personas, poco menos que el 20 por ciento de la población mundial. Nuevas variantes, presuntamente más agresivas, del virus mortal se ha propagado a un ritmo incontenible, creando escenarios dantescos que ponen en riesgo a todo el mundo. 

El problema global se intensifica debido a la desigualdad que priva entre los países. De hecho, el disímil ritmo de vacunación está creando nuevas marcas de inequidad a nivel mundial. Pero esta desigualdad no puede solo afectar a los países con “Estados fallidos”. En un mundo tan interconectado lo que pasa en una sociedad disfuncional puede traer consecuencias desastrosas para las otras. Enfrentar los problemas globales es una tarea mundial. Los países disfuncionales constituyen un peligro para la humanidad y los países poderosos, influenciados por poderosos ‘lobbies’, deben reconocer su responsabilidad en la génesis y mantenimiento de estos.

Las repercusiones económicas y sociales también están probando su envergadura y, desde luego, correrán impetuosamente por las grietas de la desigualdad. Desde hace un buen tiempo se sabía que este era un tiempo de revueltas y, como lo decían autores como Agamben y De Cesare, de una guerra civil global. Los peligros que presenta el terrorismo, por ejemplo, ya no pueden circunscribirse regionalmente porque las disrupciones tanto biológicas como digitales, que por su naturaleza pueden ser globales, están al alcance de mentes descontentas.

Nunca debe olvidarse que las explosiones sociales surgen por la incapacidad de vivir dentro de un orden patológico. No se puede combatir de forma irracional el descontento como lo ha hecho el Gobierno colombiano, bajo la sombra de un personaje tan siniestro como Álvaro Uribe. Los gobiernos tienen una gran capacidad tecnológica para controlar y reprimir a sus propios ciudadanos, pero estos también tienen renovados métodos de resistencia.

Ya no se puede hacer caer el peso de todas las crisis en los hombros de las víctimas de siempre. Las sociedades tienen un límite de dolor, aunque parezca, por ahora, que la crisis de la pandemia no desaparecerá por un buen tiempo y que el lazo corredizo de la injusticia se cerrará para cortar el aire de sociedades que ya no soportan más. 

No es una cuestión de esperar la ayuda de los países poderosos. Se pueden aprovechar las coyunturas globales, pero no existe una excusa para seguir sentados a la puerta del infierno, aguardando sin reflexionar sobre lo que nos toca hacer para sobrevivir como sociedad. Las sociedades que no reflexionan siempre serán víctimas de las circunstancias.

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