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Opiniones de hoy

Conversaciones con Pérez de Antón

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Una fantástica lectura y una plática con quien se anima a poner a prueba lo que sabemos de nuestra historia…

Aproximarse a la guerra civil de Guatemala implica hacerlo a través de la victimización o de la glorificación de los bandos que la protagonizaron. Lo que se conoce de esta guerra proviene de la óptica de menos del uno por ciento de la población que la protagonizaba; nada sabemos del 99 por ciento que la padecía. Mucho se ha escrito de la vida en la montaña y de las hazañas del cuartel. Se conocen los relatos del industrial secuestrado o del finquero al que la guerrilla le quemó el beneficio de café. Mucho se ha escrito de familiares de desaparecidos que aún desconocen el paradero de sus seres queridos. Las fosas comunes en las que han aparecido cientos de miles de personas que incluyen mujeres, niños y ancianos han sido objeto de vasta investigación. También se ha sometido a juicios por genocidio y crímenes de lesa humanidad a algunos de los implicados. Sabemos del que puso la bomba y el motivo para hacerlo, pero nada del transeúnte que perdió la pierna o hasta la vida cuando esta estalló. ¿Qué sabemos del mal llamado “daño colateral” de la guerra?  El parteaguas fue ideológico, delimitando los bandos a diestra y siniestra del espectro, dejando supuestamente de un lado al que tenía medios y del otro al que no. Esta fue una guerra de elites; no la de una mayoría que nunca se sintió bien con ninguno de los dos bandos.

“Nadie les agradecerá lo que hicieron, ni tendrán la comprensión de las generaciones nuevas. La causa que cada uno defendía no puede justificar hoy los espantosos daños que causaron a quienes no querían la guerra. Demasiado dolor, demasiadas heridas”. Con este fragmento de ‘Heridas tiene la noche’, la última novela de Francisco Pérez de Antón, nos acercamos a una visión poco conocida de la guerra civil de Guatemala; la óptica de quienes nada tenían que ganar, pero mucho o todo que perder. Los siguientes son pequeños extractos de esta fantástica novela que profundiza en el tema y que debiesen servir como aperitivo de una “novela” cargada de contexto, imprescindible para comprender porqué somos como somos y porqué hacemos lo que hacemos en este país.  

“Los dos bandos de la guerra ni siquiera han pedido perdón por el desastre que causaron, por los inocentes muertos, por las viudas, por los huérfanos, por los padres ejecutados o desaparecidos y por todo el sufrimiento humano que nos recetaron”. “La paz no es algo que se alcance mediante un pacto político. La paz nace en los corazones de las personas. Y eso es algo que no está en los Acuerdos, sino en los corazones de la gente”. “Fueron tantos los odios que ambas fuerzas engendraron y tan honda la división que abrieron, que nadie se los va a perdonar”. “La sangre llama a la sangre y esa herida rara vez se cierra. Los que estaban del lado de los otros, seguirán odiando a los unos. El resquemor perenne, la reconciliación imposible. Este es el altísimo precio que al final se paga por una guerra civil”. “Nadie puede asegurar cuál de los participantes de esta guerra que vivimos dice la verdad, si es que alguno la dice. Y en el caso de que la digan, es solo la suya, la que satisface sus intereses, su ego, sus creencias, su manera de vivir y ver la vida”. “La verdad tiene muchas caras: las de los guerrilleros, los militares, los diputados, el clero rebelde. Lo único que necesita esa gente es una buena retórica; que es el arte de convencer y persuadir a los demás al margen de la verdad, la razón y la lógica”. “Aquí ninguna de las partes va a ganar la guerra, ni tampoco ganará la paz. Será un empate de principio a fin. Un empate sangriento e inútil”. Una guerra civil no se acaba con el enemigo, porque el enemigo continuará viviendo en el país. De quienes sobrevivan brotarán sus enemigos, hijos, hijas, familiares, y la guerra continuará por otros medios durante décadas”. 

Don Francisco nos recuerda la similitud que hay entre los 36 años de guerra civil y la actualidad en Guatemala. Ha cambiado la forma, pero los extremos responsables de la guerra, la paz y nuestra condición existente aún laten con mucha fuerza. Con esta novela se abre una oportunidad, no política ni ideologizada, de aproximarnos a los que la padecieron; al “daño colateral” de un periodo oscuro de nuestra historia. Para aquellos para quienes la guerra y la paz fueron un chiste, pues aún estamos en guerra. 

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