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Opiniones de hoy

Experiencias, visiones e ilusiones

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Uno de los problemas sociales en nuestros países es la falta de responsabilidad paterna.

Hay situaciones en que miramos, en la distancia del tiempo, como si no fueran a pasar, a pesar de que en el camino van sucediendo, como la pérdida de personas queridas, las cuales vamos aceptando, hasta un momento en que al ver y evaluar la realidad del recorrido se piensa: ya he vivido más tiempo que la mayoría de mis antepasados y de las personas que viven. Sin embargo, increíblemente, uno se da cuenta si no se padece de algún problema serio de salud, que hay mucho por hacer y que se vive en una época diferente, teniendo la riqueza de estar acompañado de experiencias de toda índole, como las acciones que tuvieron importancia o no, a pesar de lo que las validamos con esfuerzos y sacrificios de años para lograrlas, y otras que menospreciamos y que si las hubiéramos ejecutado serían importantes; a ese conjunto de pensamientos y recuerdos lo podríamos concentrar en una amalgama que contiene los fracasos y los éxitos, a lo cual llamamos “experiencia”.

Para que una nación tenga crecimiento económico es necesario que la población participe en la producción de bienes industriales, ya que es prácticamente imposible lograrlo solo con la agricultura. Por ello es indispensable que se monten fábricas de todo tipo, con una participación de las personas disponibles, quienes deberían tener una preparación mínima de conocimientos, especialmente con el trabajo, la cual se inicia desde la niñez a través de las enseñanzas recibidas en casa, siguiendo con las impartidas en las escuelas de preprimaria, primaria y de los tres años de básicos.

Cuando en mi maestría tomaba clases de Economía, Milton Friedman en su libro ‘Libre para elegir’, describió al pueblo japonés con una actitud y comportamiento semejante al de nuestros campesinos, al quien definía con una falta de preparación y conocimientos para poder ser responsables, ambiciosos y creativos, algo que es básicamente necesario en el campo industrial, ya que implica un compromiso y una sana ambición personal, cuyo esfuerzo sirve de base para poder eliminar la miseria de la población. Debo aclarar que ricos y pobres siempre va a haber en cualquier sociedad, porque es un término comparativo, una persona que vive sin problemas económicos, se puede considerar pobre si se compara con un millonario. y este es pobre si se compara con un billonario. Pero la miseria es la falta de ingresos para cubrir sus necesidades mínimas sin oportunidad de salir del embrollo, razón por la que millones de compatriotas han emigrado con grandes riesgos a Estados Unidos.

Uno de los problemas sociales en nuestros países es la falta de responsabilidad paterna, al tener familias de diez y más hijos, para que los ayudaran en su vejez, de los cuales varios morían, pero ahora gracias a la medicina y vacunas están vivos. Sin embargo, muchos tienen problemas mentales y corporales, por estar mal alimentados. Como consecuencia hay un gran aumento de la población. En 1900 teníamos 1.8 millones de habitantes. Hoy tenemos diez veces más. En 1948 fui al cine en México, donde pasaron un desfile de jovencitas marchando, mientras el locutor decía: “31 millones de mexicanos, cada año un millón más”. Se quedó corto, hoy tienen 130.6 millones.

Con la ilusión de ayudar a cambiar la actitud de nuestro pueblo, terminé la traducción del libro ‘¡Self Help!’ de Samuel Smiles, que se cree cambió la de los japoneses, al ser lectura obligatoria en 1872, actualizando su contenido e incorporando opiniones y comentarios personales. 

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Según decía Plutarco, el estado natural –y primitivo– del hombre es la anarquía. Pero la anarquía, por aquello de la implacable ley del más fuerte, conduce a la tiranía y esta, tras revestirse de explicaciones místicas o ideológicas, a la monarquía o a algún otro tipo de despotismo.  Al poder absoluto lo desafían sus pares rivales, lo que conduce a la oligarquía –como en los regímenes feudales– que al evolucionar en busca de equilibrios, puede –aunque no automáticamente– conducir a la democracia.  Las aspiraciones populares desbocadas también pueden conducir de la democracia, nuevamente, a la anarquía, cerrando un círculo que se repite sin fin.  El genio romano –según Plutarco– tomó elementos de la monarquía (el Consulado), de la oligarquía (el Senado) y de la democracia (la Asamblea Popular), para desembocar en ‘la República’, un sistema estable y poderoso –de pesos y contrapesos– que perduraría por largo tiempo.  Un clima social decadente, no obstante, con la pérdida efectiva de los equilibrios republicanos, condujo en la Roma antigua a un renovado despotismo –esta vez “imperial”– y finalmente a la debacle anarquista, con su “noche de los mil años”. Durante el Renacimiento, el estudio de los clásicos buscó derivar lecciones de la historia y condujo a la búsqueda de un “contrato social explícito” –las constituciones– aspirando a limitar la arbitrariedad de los gobernantes y así preservar permanentemente el espíritu republicano: la división de poderes del Estado en un Organismo Ejecutivo, un Legislativo y un Judicial. El reparto de los frutos de la civilización, sin embargo, puso presión sobre los sistemas republicanos, dando lugar a la búsqueda perpetua de un “orden nuevo de cosas”, que postuló Hegel y que aprovecharon los marxistas para introducir un nuevo –pero no menos cruel– despotismo.  Fucuyama creyó que con el derrumbe del muro de Berlín y de la Unión Soviética habíamos llegado, por fin, “al fin de la Historia”; pero aún no cante victoria, ciudadano, parece que “aún nos falta un cacho”…

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