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Opiniones de hoy

Cabezas de ratón…

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‘“¡Más vale ser cabeza de ratón que cola de león!”, dicen que le espetaron los conservadores guatemaltecos a Pedro Molina, en una discusión de la Asamblea Constituyente de 1824. Molina argumentaba que, si los conservadores no transigían en algo, los liberales de todas maneras acabarían por llevarse la capital al centro de la joven República, pues tras la secesión de Chiapas, esta ciudad había quedado en el extremo occidental y que, además, la intransigencia generalizada podría llevar al nuevo país a romperse en pedazos. Las palabras de ambas partes, tristemente, resultaron proféticas: el 21 de marzo de 1847, “el indio Carrera”, apoyado por las más encopetadas familias guatemaltecas, “fundó” la República de Guatemala y la ciudad asentada “en el Valle de las Vacas” siguió siendo la capital… de un territorio que era la quinta parte de lo que un día fue; pero “gracias” a ello, prevaleció “la gente decente” y no somos “cola de león”…’

Pese a muchas vicisitudes y a su condición minoritaria, el pensamiento conservador guatemalteco ha tenido la habilidad de imponerse persistentemente en esta sociedad a lo largo de nuestros dos siglos de vida “independiente”. Esto no solo es debido a que aunque sea minoritario en la sociedad como un todo, es ‘mayoritario entre la minoría dominante’ (representa muy bien a “la mayoría de la minoría”); sino porque, además, “se adapta” hábilmente a las circunstancias cambiantes; es una forma de pensar “que sabe sobrevivir”, que ‘se ha hecho cultura’.  Aunque eso, ahora, podría estar cambiando.  Veamos: 

En un primer momento histórico, el pensamiento conservador fue representado aquí por el “aycinenismo”. Este intentó imponer el absolutismo imperial, como ‘antídoto contra el republicanismo’, con el “golpe independentista” (1821). Al fracasar el experimento iturbidista, orquestaron un fraude electoral en la primera elección (1825) del Ejecutivo de la República Federal (traicionando al conservador  José Cecilio del Valle, “de principios” pero sin fidelidad a “la tribu”), con toda su cauda de discordia y provocando nuestra primera guerra civil (1826-1829), que perdieron. Sin amilanarse con esta segunda derrota, desde el exilio promovieron nuestra más definitiva segunda guerra civil, hasta ver fusilado a Morazán (en San José de Costa Rica, en 1842). Rota irremisiblemente la República Centroamericana, nos impusieron aquí “la noche de los treinta años” (1839-1871), durante la cual formalizaron la República de Guatemala (1847), una peculiar monarquía aldeana, ‘sin Constitución’, y en la cual aprendieron, por primera vez, a gobernar con “aliados incómodos”, los “montañeses” de Rafael Carrera.  De paso, estuvieron a punto de regalarle Belice a sus clientes ingleses (quienes los traicionaron, por cierto, llevándose el cultivo del tinte a la India) con el tratado “Aycinena-Wyke”, “negociado” por el “nieto del primer marqués”, Pedro de Aycinena y Piñol, en 1859. Aferrándose a sus prejuicios, murieron en su Ley, con la debacle del modus vivendi de la “aristocracia del añil”, resabio de la época colonial; lo que de paso, también quebró al país. Gran victoria pírrica de nuestros primeros conservadores…

En un segundo momento histórico, la emergente y transitoria “aristocracia de la grana” (comerciantes como Manuel María Herrera, ‘Chema’ Samayoa y Tomás Larraondo, “financistas” de los nuevos finqueros “poquiteros” que surgieron con Carrera y el auge de la cochinilla, como los Pivaral) recogió el estandarte caído del aycinenismo, poniendo las bases de un nuevo “aycinenismo sin Aycinenas”, el de los futuros ¡’falsos liberales’.  Una generación después y a partir de un ‘matrimonio de conveniencia con la aristocracia del añil venida a menos’, emblematizado por la boda de nuestro primer “soldado del pueblo”, Justo Rufino Barrios, con la hija de don Juan José Aparicio y Limón, “de alta alcurnia altense”, ‘corrompieron la adopción del “sistema de propiedad privada”’ que había auspiciado, en la vecina República mexicana, Benito Juárez. El nuevo Registro de la Propiedad se utilizó para crear grandes latifundios para los allegados al poder a partir de “tierras baldías”, estableciendo la nueva matriz socioeconómica fundamental, el capital fundacional de una renovada República “liberal”. Así, la Reforma Liberal de 1871, trágicamente, no constituyó tampoco a esa “República de todos los ciudadanos” que los aycinenistas originales habían impedido que surgiera en 1821, sino que, en torno al cultivo del café, primero y del banano, después, consolidó una república bipolar, de finqueros y mozos, la del capitalismo de plantación. Apercibidos del potencial revolucionario que veían esto había provocado en México, el camaleónico pensamiento conservador, disfrazado de “liberal”, se adaptó aquí, sumisamente, al “liberal-progresismo” (¡!), precedido por la tiranía de Estrada Cabrera (1898-1920) y luego encarnado de lleno, en la dictadura de Jorge Ubico (1931-1944).

En un tercer momento histórico, el pánico generado por la ingenua Reforma Agraria arbencista (Árbenz acertó en el diagnóstico, pero se equivocó con la receta), hizo mutar a nuestro pensamiento conservador dentro del clima del macartismo y la Guerra Fría, hacia un furibundo “anticomunismo”, opuesto a los aires renovadores que había creado la Revolución de 1944.  El rompimiento del nuevo hilo constitucional en 1954 dio inicio a un proceso de solapada manipulación de las instituciones republicanas, que tras pasar por “el Conflicto Armado Interno” resultó finalmente en el pacto constitucional de 1986, que nos ha dado esta “democracia de fachada”, en la que las auténticas corrientes de opinión del electorado no llegan a quedar realmente representadas en la conducción de la República.  El pensamiento conservador creó un sistema de trampas legales, para que cada cuatro años “el poder se compre” (eliminando así, se pretende, el peligro revolucionario); pero abriéndole simultáneamente un canal de expresión política a la corrupción y al narcotráfico, sus ahora incómodos cogobernantes. El miedo “a la izquierda” del pensamiento conservador, a la postre, se ha traducido en un sistema de secuestro del Estado por mafias –“apolíticas”, supuestamente– que llegan al poder acondicionadas para el expolio del erario público, con cuyos frutos vuelven a insertarse en el viciado proceso eleccionario, con la tolerancia y hasta el contubernio (“¡fuera CICIG!”) de algunos conservadores. Al electorado, invariablemente, se le dan opciones limitadas, que la mayoría no escogería en primera instancia, y así se le obliga a escoger de “entre los males, el menos”. Se le vende al público que es eso “o el diluvio”: o nuestra “República sin rumbo” o la tiranía de los “chairos”…

Típicamente, ‘el conservador guatemalteco desconoce su propia historia’ y por eso, “sigue en sus trece”. No obstante, cualquier análisis ecuánime de los hechos permite concluir que, en resumen, ‘ese pensamiento conservador le ha salido muy caro a Guatemala.’ A esa forma de pensar le debemos: (i) la desintegración centroamericana; (ii) la implantación del capitalismo de plantación; y (iii) la actual renuencia a reformar nuestro disfuncional sistema político.  

Pero hoy los “neoaycinenistas” tienen un problema.  Dos siglos de gobiernos conservadores de variado ropaje –con efímeras interrupciones– han creado una República disfuncional, en la que ‘la mayoría vive sin esperanza’ y por tanto, ‘nuestra población está emigrando masivamente’.  Eso afecta directamente a nuestros poderosos vecinos del Norte, cuyas fronteras se ven asediadas a tal punto, que ya somos vistos, allá, como ‘un problema que afecta a “su seguridad nacional”’ y que ‘orilla a los norteños a redefinir su política exterior hacia nosotros’. Es en ese contexto que el ahora envalentonado ‘neoaycinenismo’ chapín (tras sus recientes victorias pírricas en la conformación de la CC) “pone el grito en el cielo” porque Kamala Harris anda en busca de ‘explicaciones de fondo’ y de ‘posibles soluciones’ para atajar al desbocado fenómeno migratorio del “Triángulo Norte”. El neoaycinenismo intuye que será ‘un ejercicio que redefinirá’ –y no a su favor– ‘las relaciones bilaterales’ (¿una comisión “asesora” ‘contra la corrupción’, dirigida desde Miami, más un direccionamiento condicionado de créditos e inversiones?).  Por ello, el conservador chapín ve hoy en el partido Demócrata de los EE. UU. a un paladín de “la agenda globalista” (“quieren confundir sexualmente a tus hijos, vos”), penetrado por “el comunismo internacional” (que le hizo fraude a Trump, vos”). Indignados, algunos juegan con la idea de “a la Bukele”, “mandar al carajo” a los gringos y “coquetear con los chinos”, cosa que hoy promueve agresivamente buena parte de la cleptocracia (“es cuestión de soberanía, maestro”).  ‘TOO LATE’: Aparte de las presiones internacionales, hay generalizada aspiración a ‘un capitalismo incluyente y una auténtica democracia’ en Guatemala.  Ya siete de cada diez guatemaltecos se quieren salir de la trampa de tener que escoger entre los que ‘no quieren que las cosas cambien’ y los desfasados ‘neomarxistas del patio’. Así que pese a que ‘el neoaycinenismo chapín’ se defiende “como gato panza arriba”, la rueda de la historia no se detiene…

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