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Opiniones de hoy

La Iglesia católica y el conflicto armado

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La historia demuestra que lo que se necesita es exigir un cambio a las estructuras de poder.

Esta semana en Santa Cruz del Quiché fueron beatificados los sacerdotes españoles, Juan Alonso Fernández, José María Gran y Faustino Villanueva. Así como, los catequistas mayas Domingo del Barrio, Tomás Ramírez, Nicolás Castro, Rosario Benito, Miguel Tiu, Reyes Us y Juan Barrera, de tan solo 12 años. A ellos, la Iglesia católica los catalogó como mártires porque fueron asesinados mientras realizaban labor evangelizadora durante el conflicto armado. 

Sin embargo, este significativo evento debe analizarse no solo como un logro religioso apolítico, porque muchos de los espacios católicos de la ruralidad trascendieron lo religioso y abrieron espacio para alimentar demandas de tierra y cese de violencias, y también fueron lugares donde la opción de las armas fue discutida. Por lo tanto, la beatificación debe instar a una crítica interna dentro de la jerarquía de la Iglesia, así como de los feligreses católicos, sobre ¿cuál debe ser el papel y la responsabilidad de la religión en naciones desiguales, racistas y violentas como Guatemala? 

Este acto también debe servir como punto de partida para reconocer los múltiples quiebres y contradicciones dentro de la Iglesia católica, teniendo el valor de aceptar que la existencia de una rama progresista no borra el actuar autoritario, violento y cómplice de los sectores conservadores de la misma Iglesia. Aquí debe analizarse el impacto que la teología de la liberación tuvo en el país, porque paradójicamente, esta teología llegó a intentar romper con esquemas de poder, autoridad, servidumbre y aceptación de condición de pobreza, opresiones impuestas en parte por la misma Iglesia desde la Colonia. Y, además, debe cuestionarse cómo las divisiones de clase y raza permitieron que una parte de la jerarquía de la Iglesia en el país se aliara con grupos militares nacionales y extranjeros, mientras los religiosos de base eran asesinados.

También es necesario cuestionar la romantización que envuelve a la categoría de mártir, especialmente cuando hay niños dentro de las víctimas y cuando la mayoría de la sangre que se derramó fue indígena a raíz de un genocidio planificado por el Estado. ¿Es ético exigirle martirio a un niño?  Y en un país donde el Estado continúa ejerciendo violencia sistemática, ¿cómo reinterpretar la figura del siervo de Dios, que argumenta que a través del sufrimiento de un mesías o de un pueblo se logra la liberación del resto? Las desigualdades extremas y violencias sistemáticas no dejan espacio para poder seguir demandando sufrimiento y sacrificio de generaciones, de migrantes internos o de descendientes de aquellos que dieron su vida en 1970 y 80. La historia demuestra que lo que se necesita es exigir un cambio a las estructuras de poder. 

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