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Opiniones de hoy

Y en Guatemala, ¿por qué no?

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Estamos permitiendo, bajo el eclipse de las ideologías, que se desintegre de una vez por todas el bastión de cualquier sociedad funcional.

Durante la Semana Santa visité uno de los lugares turísticos más conocidos en Guatemala. Como en la mayoría de los espacios en el país, también se ve el reflejo de nuestra sociedad y su funcionamiento. Me refiero a Río Dulce. No voy a entrar en los detalles obvios: las grandes diferencias entre clases sociales y económicas; la anarquía presente, independientemente de la procedencia y descendencia de quien la practica; la depredación del medioambiente, el consumismo, la carencia, la opulencia y la extrema pobreza –todos convergen en un paraíso del Caribe guatemalteco–. Esta no es una crítica sino una descripción de nuestra realidad. Realidad de la que formo parte, al igual que todos. Como suele ocurrir en Guatemala, el tiempo nos hace tolerantes y hasta cómplices de la realidad guatemalteca. Cuando vemos sociedades más avanzadas y desarrolladas que la nuestra, surge la pregunta recurrente, ¿por qué Guatemala no puede ser así? Esta es la incógnita de quienes han tenido la oportunidad de conocer sociedades más desarrolladas que la nuestra. ¿Cómo es posible que fuera del territorio nacional seamos capaces de comportarnos en forma opuesta a la que acostumbramos aquí? ¿Qué hace que en nuestro país el guatemalteco sea diferente al mismo guatemalteco en el papel de turista o emigrante? El mismo grupo de connacionales pasa del caos en el Aeropuerto La Aurora, al orden en cualquier puerto de entrada en el extranjero. Es la misma gente durante el mismo día, lo único que cambia es el lugar. O sea, podríamos concluir que el problema no es necesariamente el guatemalteco ‘per se’, sino el guatemalteco en Guatemala. 

¿Qué es entonces lo que hace de este fenómeno nuestra realidad? Sin duda alguna, y sin temor a equivocarme, es el marco legal en el que sobrevivimos. Y digo sobrevivimos no como un juego de palabras, sino porque más tarde que temprano la anarquía y el caos cobran la factura hasta a quienes se nutren de un sistema como el nuestro. Hoy nos encontramos en un punto de inflexión, en el que como sociedad jugamos con fuego. Ponemos en riesgo nuestro entelerido sistema de justicia, el Estado de derecho y la certeza jurídica. Permitimos, bajo el eclipse de las ideologías, que se desintegre de una vez por todas el bastión de cualquier sociedad funcional. En aras de no perder espacios, privilegios, derechos de picaporte, la rentabilidad de operar entre grises, la flexibilidad que otorga la anarquía, las oportunidades que surgen del caos… permitimos que el país quede en manos del crimen organizado.

Este proceso toma tiempo y será muy difícil para algunos en posiciones de poder, y con mucho que perder, darse cuenta del abismo en el que estamos hasta que sea demasiado tarde. De estos los hay de toda índole: cómplices, tolerantes, ignorantes, arribistas dispuestos a hacerse de la vista gorda mientras puedan orbitar cerca del poder; los que más afligen son los indiferentes. La Ley y la justicia se politizaron, las ideologías de los extremos dictaminan su curso. En el centro está la mayoría, conformada por quienes se verán afectados por el choque de trenes –como ya es costumbre en este conflicto histórico–, de manera directa y con consecuencias irreparables. El único argumento que cabe en temas de Ley y justicia debiese de ser su estricto cumplimento; la objetividad se pierde cuando intervienen las ideologías. Hoy hemos pasado de hacernos de la vista gorda, a premiar a quienes operan al margen de la Ley o convierten en costumbre su rompimiento. 

Conforme pasaron los días de Semana Santa, me topé con un amigo con quien intercambiamos un par de palabras. El tema que predominó fue el hecho de que un vecino de la cercanía se vio forzado a no pasar las vacaciones en su casa porque, muy educadamente, un supuesto “narco” de la localidad le ofreció alquilar la propiedad para dichas fechas. Al negarse, pues su casa no está en alquiler, fue notificado que se atuviera a las consecuencias. Estos son los síntomas de un país que estamos a punto de perder; un país sin Ley o lo que es peor, una a conveniencia del mejor postor. Tarde, pero aún estamos a tiempo de dejar por un lado la complicidad, la tolerancia, la ignorancia y la indiferencia; rescatemos un país que cada día se nos escapa de las manos. No nos convirtamos en quienes desde afuera dicen: “Y en Guatemala, ¿por qué no?”.

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