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Opiniones de hoy

El imaginario

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Fue en casa que aprendí a amar a Guatemala. Y fue gracias a mis padres, quienes lo manifestaban todo el tiempo y de múltiples maneras. 

Fue de una manera natural y a lo largo de muchos años. Durante la convivencia cotidiana, sin ellos proponérselo o machacarlo. Nada impuesto ni obligatorio. Simplemente porque para ellos, la vida se iniciaba y suscribía en Guatemala y terminaba en el único lugar posible, Guatemala. 

De mi madre recibí el mejor de los legados, el imaginario chapín compuesto de personajes candorosos, listos, “maletas”, pero siempre, entrañablemente memorables: una interesante tipificación doméstica del guatemalteco con vicios y virtudes aún muy vigente. 

Todas las tardes, a la hora de la siesta y para lograr su descanso, mi madre me contaba una historia. Con habilidad de narradora experta, fue pintando mi imaginación con los paisajes de Guate. Siempre muy verdes, muy húmedos, de colores vistosos y brillantes. Cielos muy azules, volcanes y lluvias fuertísimas que llamaba chaparrones, aderezado con sabores y sonidos muy nuestros, como el toque de campanas, el  aguacero de aguaceros o el concierto de pájaros llamando la lluvia. 

De esas narraciones vespertinas salieron a pasear personajes tan chistosos, pero a la vez compasivos como los hermanos Carrera, conocidos como los Chocanitos, quienes al entender de mi madre  eran algo “papos”, pero ni tanto,  porque siempre lograban su cometido. Pobres vergonzantes, decía, porque vivían de la caridad pública.

Los hermanos Carrera salían todas las mañanas de su casa del barrio de Gerona con su canasta vacía, la que iban llenando en el camino gracias a la generosidad de las personas o marchantas del mercado: tres o dos zanahorias cacheteadas con un machete para quitarles el inicio del cáncer de lo podrido; algunas cebollas ya florecientes; el pedazo de güicoy o la mitad del aguacate de la muestra y para el postre, tres papas brotándoles raíces, manguitos de mico, ya un poco aguaditos y tiznados, pero sin gusanos, les decía la “regatona” del mercado dándoles unas palmaditas en la espalda. 

De los cientos de cuentos, el de los Chocanitos era el que más me gustaba. La canasta mágica que comenzaba vacía y se iba llenando en el camino, el pirulí de papel periódico con un puñito de frijoles negros con unos cuantos gorgojos, tres huevitos de patio, tan pequeñitos como los cincos de los ojos, dos franceses y una concha rezagados en el rincón del mostrador de la panadería.

Con aquellas narraciones, mi madre, que se llamaba Ana María, María o Mariíta según fuera el interlocutor, me dio el mejor de los regalos: el más lúdico, sorprendente y colorido de los imaginarios, el nuestro; siempre asombroso, lleno de luz y en positivo que para mi fortuna se llama Guatemala. 

 

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