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Opiniones de hoy

El arco de La Recolección

opinion

El valor se aplaude y el riesgo deslumbra

Terminando el empedrado de la Antigua, brotaba el olor a tierra. El montón de niños pasamos disparados frente a San Jerónimo, en palomilla, huyendo del maestro de caligrafía dormido o hipnotizado por el paso de las parrillas de las camionetas cargadas de canastos y bultos de mercadería en la ventana.   El reto era cruzar el arco de La Recolección, esa frágil estructura que se había salvado elástica de varios terremotos por  años.   Saltamos sobre la baranda de inmensas piedras de ladrillo, tumbadas como escombros en 1773.   Lagartijas y culebras se escurrían por los agujeros hacia sus guaridas, rincones oscuros que quizá guardaban tesoros de oro o madera.  Un vagabundo nos espantó porque estábamos invadiendo su vivienda, pero no nos detuvimos porque éramos varios dispuestos a escalar la base del monumento. Desde abajo, el arco se percibía inmenso, lo que nos frenó de golpe al intuir el peligro. A principios del siglo XX ese fue el punto elegido por el club de los niños suicidas para realizar el salto, según las memorias de Luis Cardoza y Aragón.   Las autoridades recubrieron los puntos de apoyo con alambre de púas, para evitar tales atrevimientos, y pintaron una calavera con una equis encima.   El más aguerrido se animó y fue moviéndose de rodillas por el angosto paso, sin perder el equilibrio, pálido cuando estuvo en la parte más elevada y frágil, la que se derrumbó en el terremoto de 1976.   Recuerdo que fui personalmente a comprobar la noticia de su destrucción a la mañana siguiente, y sentí un profundo malestar.  El valor se aplaude y el riesgo deslumbra. A nuestro victorioso amigo le costó un triunfo cambiar de postura, y pasó del gateo a resbalarse.  Iba sudando frío, y todos le estrechamos la mano con admiración.  Yo quise ser el siguiente.  Repetí sus pasos y modo.   Rompí el ruedo del pantalón en el alambre espigado.  Avancé hasta quedar a un par de metros de la cumbre estrecha, donde sentí lisa la superficie por el musgo de los pasados inviernos.  Quise agarrarme a la piedra, pero no la encontré firme.  Estuve a un punto de alcanzar la gloria, como cuando el caballo le advirtió a Aquiles que vencería en la batalla contra Héctor pero que después perecería.  Me acobardé y reculé humillado. Quienes ya no se atrevieron del todo festejaron mi intento y el vencedor me agradeció la deferencia, porque estuve a punto de eclipsar su hazaña.   Aún me arrepiento de aquella debilidad, pero tras el desplome del arco de La Recolección también sentí cierto alivio, como cuando se llevaron de casa el piano apolillado que se me resistió, o los libros en cuatro idiomas impenetrables.   Las metas efímeras no cesan.

 

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