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Opiniones de hoy

“Hecho a la Antigua”

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Ayer por la noche, el concierto Hecho a la Antigua de Ricardo Arjona me atrapó con fuerza el corazón. Poco a poco, a la luz de más de cinco mil velas, y con el escenario espléndido del convento de Capuchinas, el cantautor guatemalteco nos obsequió lo más sonado de su famoso repertorio popular.

Como quien va deshaciendo un grueso ovillo de lana, Arjona inició su espectáculo de manera tímida y con cierto extrañamiento e incomodidad por la falta de público, pero sobre todo de los aplausos de los shows en vivo, los que hacen más fácil la magia de la conexión entre el artista y su público. Pero, poco a poco el cantante se fue sintiendo cómodo dentro de su propio repertorio, en el espacio físico que resultaba ser “su tierra”, a pesar de los afeites, de esconderse las canas y los pantalones que de plano le quedaban demasiado “cutos”.

En lo personal, las canciones de Arjona han sido la música de fondo que ha acompañado mi vida de mujer adulta, digo, desde ese mes de diciembre de 1983 en que nos casamos con Adolfo y que por la radio no dejaba de sonar la más exquisitamente kitsch de las canciones  de Ricardo Arjona, Primera vez, famosa porque sale a relucir el famoso Concierto de  Aranjuez.

Lo demás es historia, la que se sucede en el tiempo y de forma tan rápida como un abrir y cerrar de ojos: las niñas con velito de tul jugando de Primera Comunión con las notas de Jesús es verbo no sustantivo; Arjona acompañándonos de ida y regreso por los sinuosa carretera de Ocosingo rumbo a Palenque, hasta completar la Ruta Maya; o cuando llegó el momento de romper, materialmente con un martillo, el grandísimo tecolote de barro de los ahorros para asistir a uno de sus conciertos, mamá e hijas, en complicidad perfecta.

Mientras tanto, en la vida cotidiana de familia de cinco niñas y esposo viajero, Arjona nos acompañaba a todas partes: dentista, colegio, doctores, entre tareas, cenas con frijoles y pan francés o viajes sin fin al aeropuerto. En casete, disquito láser o por la radio, “porque si la sabe, cántela”, era la consigna, mientras las niñas se daban a la tarea irremediable de crecer, yo iba aprendiendo a ser mamá y sin querer queriendo, llegaba a Señora de las cuatro décadas del himno de Arjona.

Total, la vida misma, mi música de fondo, la de Ricardo Arjona, de melodías pegajosas, voz profunda, frasecitas hechas de falsa poesía, no importa, pero a mí, al escucharlo así de pronto, de bloque y en La Antigua, me devolvió a un carro no tan grande repleto de niñas, a las tarde-noches con buena dosis de cansancio, cuatro ventanillas del carro abiertas, cabezas al aire por el bosquecito de cipreses, felices, cantando a coro un Buenas noches don David… de Ricardo Arjona.

 

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