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Opiniones de hoy

La desdicha y su olvido político

opinion

A veces las estructuras del alma implosionan, y se llame depresión o no, simplemente se pierde el deseo de vivir.

En una de mis seminarios de maestría en la Universidad de Ohio, mi admirado profesor Algis Mickunas, formado en la escuela fenomenológica, reflexionaba sobre la conciencia cuando nos interrogó de que si, en rigor, se podía decir que había que preocuparse del mundo después de nuestra muerte ya que nuestro mundo se iba con nosotros. Tardé algunos años en encontrar la respuesta a dicha interrogante. Con la lectura de Levinas, de origen lituano igual que Mickunas, comprendí que la arquitectura ética de nuestra propia conciencia hacía que nos afanáramos por un mundo en el cual dejaríamos de estar. 

Las preguntas filosóficas nunca son ociosas: ellas hacen que reflexionemos sobre los grandes misterios de la existencia. Desde entonces, he cavilado de manera constante sobre la forma en que cada quien vive con una conciencia intransferible, enraizada en un cuerpo cuya sensibilidad tiñe al mundo de tonalidades que a menudo olvidamos. Y suelo concentrarme en el dolor, esa condición que ensombrece el mundo de toda persona. Entonces surge la pregunta acerca de ese dolor gratuito e innecesario que clava a las personas a una existencia sin esperanza. El dolor, entonces, adquiere una dimensión política. 

Ahora bien, las estructuras sociales pueden ser extremadamente violentas; exhiben una crueldad notable por su minuciosidad. No son pocas las personas tan desdichadas que, como lo decía el noble maestro catalán Francisco Fernández Buey, no tienen a disposición ni siquiera un clavo ardiente al cual aferrarse. Por esta razón, siempre me ha impresionado la manera en que el fraile dominico Thomas Gage, quien vivió en la Guatemala colonial, describía como algunos indígenas se tumbaban para dejarse morir. A veces las estructuras del alma implosionan, y se llame depresión o no, simplemente se pierde el deseo de vivir, no por una condición enfermiza, sino porque a veces el sufrimiento extremo le resta sentido a la existencia.

Y, desde luego, esta observación me ha hecho sensible a una categoría política que se ha omitido vergonzosamente: la vida desamparada. Se puede decir incluso que la clave de la maldad política radica en el olvido de la desdicha causada por otros seres humanos. Decía Fernández Buey, reflexionando sobre el cristianismo místico de Simone Weil, que, al ver a la desventura absoluta, muchos salen huyendo puesto que no pueden sostener la mirada sobre ella. Voltear la vista o mirar sin ver han sido anestésicos políticos de los que debemos liberarnos. Aunque nos duela.

El anhelo de justicia radica en no reducir la vida de los infelices a la nada; la ‘des-dicha’, al final, es un despojo de esos regocijos, así sea efímeros y momentáneos, que todos tenemos derecho a experimentar. En cierto escrito, Gilbert K. Chesterton relacionaba la justicia social con el simple hecho de que una madre obrera pudiera sentirse feliz de ver a su hija lucir ufana su larga cabellera limpia y esplendorosa. Es inaceptable que haya padres que se angustien por el desprecio que experimentarán sus hijos sin oportunidades. He sabido de padres que sufren porque no pueden darles un heladillo a sus hijos. Y me descorazona que la conciencia de lo inaceptable sea incapaz de llevarnos a rechazar tanta arbitrariedad de los depredadores.

Para los pillos que nos mal gobiernan este tipo de consideraciones carecen de cualquier importancia. Al final, esto muestra que se sienten únicos porque, en verdad, habitan en una región subterránea que terminará por sepultarlos. Al ignorar su propia responsabilidad caen más bajo que las bestias. Indignarse ante ellos, pedirles cuentas, ahora o más tarde —porque la ocasión llegará— no implica llenarse el corazón de veneno porque la indignación no es ponzoña. Al final, una cosa es no poder ver el rostro del desamparo y otra ufanarse de despojar a las personas de todo alivio a su existencia. 

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