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Opiniones de hoy

La Novena

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La Novena Avenida fue una de las principales arterias citadinas a principios del siglo XX, precisamente cuando los primeros carros de gasolina comenzaron a circular por las calles de la ciudad, desplazando a los vehículos jalados por semovientes.  

Sobre la Novena pasaba el viejo tranvía, y como parte del antiguo paisaje citadino estaba sembrada de altísimos postes del servicio de telégrafo, tan importante en aquellos días por asuntos de comunicación.

La Novena se llamaba entonces Avenida del Comercio, porque a todo su largo se encontraban importantes comercios además del Mercado Central, principal centro de abastos. Fue tan importante esta calle, que  cuando  se inició la pavimentación de la ciudad, a principios de la década de los treinta, la Novena Avenida fue la primera en cubrirse con capa asfáltica.

En la esquina de la Sexta Calle se encontraba la venta de los famosos productos medicinales, antisépticos y perfumes de don Isaac Sierra: Curamina, jabón de hiel de toro, Agua Florida, agua de violetas, Ferinol y la famosa Siete Machos, esencia olorosa de gran potencia, muy popular entre las mengalas, quienes se bañaban con Siete Machos cuando salían a dominguear.

En la esquina opuesta estaba el Gran Hotel Exposición, abierto al público  a finales del siglo XIX, en tiempos en que el presidente Reina Barrios inauguró la Exposición Universal de Guatemala, un pequeño remedo de la Gran Exposición de París, actividad que según los expertos nos llevó a la bancarrota. La entrada del hotel quedaba hacia la Séptima Calle y sobre la misma estuvo el almacén de vinos y abarrotes de don Julio Lowenthal.

Ya llegando a la Décima y con vista al edificio de la Universidad de San Carlos se encuentra aún la imprenta De la Riva, y más adelante, ya llegando al mercado, emigrantes chinos  sentaron sus reales, abriendo negocios de hilados, botones, lustrinas, tan importantes entonces para la hechura del vestuario, en su gran mayoría para surtir la fabricación doméstica. Vendían también plumeros y peltre, además de los  termos novedosos y muy apreciados por nuestras abuelas, invento alemán  que sorprendió en el siglo XX por su maravillosa virtud de mantener el agua caliente. 

Estuvo también, la farmacia Lanquetín, que surtía las llamadas “valijas de partos”, implementos necesarios para estos menesteres, en tiempos en que los partos se atendían en casa; la ferretería de Carlos Lasker y el almacén de Cosme Viscovich. La Bola de Oro, la Ferretería La Sierra, de Ludolfo Klüssmann, la Platería de Nemesio Gutiérrez, y el almacén de Antonio Marinelli, además muchas ferreterías de ciudadanos alemanes, quienes surtían de insumos a las fincas cafetaleras de sus compatriotas. 

 

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