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Opiniones de hoy

El pasado no ha de sufrir olvido

opinion

Por eso atesoro de nuestros nostálgicos coloquios en Guatemala aquellas otras líneas tan humanas de un tal Eusebio Delfín, al que nunca conocí aunque me fue contemporáneo

Hace pocos meses murió en el exilio en California Yoel Borges, un cubano ejemplar. 

Amó a Cuba tal cual fue amada por mí en mis años mozos, y nunca la hemos podido olvidar. 

Para mí, de niño, un paraíso, aunque como tal también con sus serpientes venenosas que crecieron a la par de mí sin que en absoluto me percatara de ello. 

Pero aquella dulce inocencia que tantos alientos me dio para vivir joven hoy solo me permite recordar de todo ello un cielo azul limpidísimo, una tierra maravillosa de palmeras tropicales, de llanuras engalanadas como aquellas que cantara José María Heredia inspirado por el contraste con la majestuosidad de las cataratas del Niágara. Y en ellas tantas ciudades coquetas que supieron reunir armónicamente lo viejo y lo nuevo, lo colonial y lo parisien, tales como Santiago de Cuba, la Habana o Cienfuegos. 

Y en un rincón, dormitaba el legado de Trinidad entre los montes de la provincia de Santa Clara de mis ancestros. 

No menos recuerdos de una tierra, además, de hombres muy libres y muy emprendedores, herida empero ya durante mi infancia por aquella Gran Depresión económica mundial de los años treinta del siglo pasado y de la que se derivaron enormes trastornos totalitarios. 

Aquella tierra que acompañó el llamado nostálgico del siboney puesto al día por Ernesto Lecuona fue también la alegría del Manisero y el ritmo de las habaneras tan populares allende el Atlántico hasta Cataluña. 

Retengo así de semejante paraíso las melodías suaves y cadenciosas de su heroica “Bayamesa”, también de sus guajiras amorosas, de sus tan rítmicos y contagiosos boleros, al igual que de sus danzones y de sus estupendos intérpretes populares en las voces de Miguelito Valdez o de Olga Guillot entre muchos otros. 

Esa fue asimismo la patria que se llevó consigo Yoel a California y que nunca más dejó de ser su más honda evocación personal. 

No menos para mí también de aquella otra patria más castiza de Gertrudis Gómez de Avellaneda o de José Martí, tan recordado siempre por cualquier cubano en cualquier rincón del planeta aún al compás de sus versos sencillos y conmovedores: 

Yo quiero, 

cuando me muera, 

sin patria pero sin amo

tener en mi tumba un ramo 

de flores y una bandera.

Con tantas añoranzas musicales que nos fueron comunes murió Yoel y me temo que con las mismas habré yo de ser sepultado otro día también. 

Por eso atesoro de nuestros nostálgicos coloquios en Guatemala aquellas otras líneas tan humanas de un tal Eusebio Delfín, al que nunca conocí aunque me fue contemporáneo:

En el tronco de un árbol una niña
grabó su nombre henchida de placer
Y el árbol conmovido allá en su seno
A la niña una flor dejó caer.

Yo soy el árbol conmovido y triste
Tu eres la niña que mi tronco hirió
Yo guardo siempre tu querido nombre
¿y tú qué has hecho de mi pobre flor?

Igualmente retengo los delicados obsequios personales, muy patrióticos siempre, que me hizo Yoel, todos perfumados de su interminable añoranza dada la ausencia de los ritmos y colores tan tropicales de nuestra común Perla de las Antillas. No menos por nuestra idéntica y muy espontanea memoria de las virtudes de nuestras madres respectivas y de la hidalguía contagiosa de tantos héroes como aquel Ignacio Agramonte joven, el tan intrépido y empresarial caudillo de nuestra libertad al que también nos llamó aquel glorioso 10 de octubre de 1868 por boca de Carlos Manuel de Céspedes.

Cuba, la más hispana de las provincias americanas de la Madre Patria, resultó ser un éxito romántico en todas las esferas del esfuerzo humano. 

Y así lo fue también al estilo de tamaños ancestros comunes mi amigo el intrépido Yoel: disciplinado, responsable, corajudo y de cultura universal como las de un Jorge Mañach o un Paco Ichaso. Y en ese espíritu había fundado con otros motivados por tal herencia común de tantos próceres inolvidables la Junta Patriótica Cubana y muy en particular la sucursal de la misma en California. 

Muy de remarcar su membrecía en el movimiento Alpha 66, que agrupó a los más audaces del exilio tras el fracaso de aquel intento de invasión de la Bahía de Cochinos en 1961, atribuible  principalmente a cierta debilidad del carácter de un muy popular Presidente de los Estados Unidos, John F. Kennedy.

Asimismo se sentía orgulloso de pertenecer a una generación de científicos y de hombres de pensamiento de la talla continental de Marcelo Alonso o de Aurelio Baldor, al tiempo que perseveraba en su lucha reivindicativa y muy criolla al periodismo en cuanto herramienta libertaria. 

Un joven perpetuo a sus más de ochenta años de edad. Un entusiasta sin tregua de la libertad para todos. No menos un testigo de la Cuba tan dinámica y empresarial de Carlos Miguel de Céspedes o la de la familia Bacardí, que hicieron en unos pocos años de la mayor de las islas del Caribe una avanzada tecnológica en nuestro mundo contemporáneo.

Se me antoja que Yoel era de la estirpe de un Carlos J. Finlay, el descubridor del agente transmisor de la fiebre amarilla, pero volcado inevitablemente al activismo modernizante como un arma con la que restaurar el honor y la dignidad de la patria mancillada. 

Tan parecido Yoel, encima, a aquel otro de los próceres decimonónicos de nuestra herencia cultural, el Padre Félix Varela o del mentor de todos nosotros, José de la Luz y Caballero.

Descansa en paz, multifacético luchador por la Libertad responsable, y no menos émulo de aquel llamado Titán de Bronce, Antonio Maceo, cuyo arrojo tan heroico aun entre dos guerras por nuestra Independencia me resultó al final muy similar al tuyo mi querido Yoel.

Todavía hoy “el son se fue de Cuba”, como lo cantara la inolvidable Olga Guillot. Pero estoy seguro que regresará y a tu memoria lo cantaremos de nuevo.

Hasta pronto, amigo… 

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