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Opiniones de hoy

De falacias, dogmas y una supuesta agenda globalista

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Dogmatismo es la tendencia de establecer fórmulas que expresen conocimientos como verdades imposibles de debatir1. Una actitud dogmática evade la crítica y el análisis para comprender las teorías al asumirlas simplistamente como ciertas. Partamos de allí.

Es esperado que cada persona tenga su propia opinión sobre cualquier asunto, pero vale la pena reflexionar de vez en cuando: ¿Qué fundamenta nuestras opiniones? ¿Hasta dónde nuestras convicciones personales, intereses o nuestras creencias son tan fuertes como para evitar darle cabida a otra interpretación de la realidad más objetiva?  Nuestra opinión puede venir de dogmas o creencias y corremos el riesgo que, por aferrarnos a ellas sin ningún cuestionamiento, caigamos en el fundamentalismo2. Este es, de hecho, una consecuencia esperada de una sociedad que valora la individualidad y la libertad por sobre la imposición. Quienes toman decisiones que impactan al resto son personas, y como cualquiera, tienen opiniones. El problema surge entonces cuando las regulaciones, decisiones de política y de ejercicio de poder que impacta a toda la población se fundamentan en opiniones dogmáticas, es decir, basadas en creencias, en la fe o en sesgos fundamentalistas de cualquier índole. Por muy bien intencionadas que estas sean, siguen siendo subjetivas y deben ser sujetas al escrutinio. No existe fórmula que garantice decisiones impolutas, es decir, libres de sesgo, por lo que es necesario introducir en la conversación pública, argumentos y contraargumentos basados en diversas formas de evidencia (documental, científica, testimonial, empírica…) que balanceen las opiniones dogmáticas, fanáticas y falsamente fundamentadas.

Paso, con ello, a analizar una conferencia a congresistas que hace unos días un politólogo presentó sobre lo que él denomina “agenda globalista”. La charla fue legítimamente financiada por un movimiento internacional que tiene una visión particular de su definición de “familia”. Totalmente válida en una democracia liberal. Pondero entonces, los argumentos expresados por el conferencista Agustín Laje en su exposición. Estoy de acuerdo con algunos de los planteamientos de Laje. Incluso en su debate con Gloria Álvarez en redes sociales, Laje traía puntos interesantes sobre la protección a la vida desde el vientre que la politóloga Álvarez no pudo rebatir, acudiendo al enojo, al ataque y a una serie de falacias para llenar el tiempo al aire.

Sin embargo, en la conferencia a congresistas, Laje cae en muchas falacias y argumentos infundados. Primero, postula la idea de que existe una “agenda globalista”, sugiriendo que lo que él llama “agenda de género” se vincula a la pedofilia, lo cual es falso. Ese es un discurso falaz con intenciones de contaminar al movimiento feminista, estemos o no de acuerdo con este. Laje continúa diciendo que existe una agenda global para “destruir a la familia” (sic), a las “lealtades religiosas” (sic) y para crear lo que él llama una “suerte de religión universal para generar una suerte de gobierno globalizado” (sic). Sin pruebas ni evidencia, su premisa se basa en su concepción de destrucción de la familia, de la religión y del Estado, asumiendo que la única fuente para objetar conciencia es referirse a la religión. Todo lo anterior, para concluir en que alguien (sin decir quién) desea la conformación de un “Estado global” (sic).

Por espacio me quedo aquí hoy. Sin embargo, aclaremos algo: no existe evidencia de una conspiración mundial que busque asesinar niños como proponen los ponentes de una supuesta agenda globalista, como Q’anon. No existe evidencia de una agenda globalista, originada por una elite de pederastas millonarios y políticos, que busque legalizar el aborto para traficar órganos humanos. No hay pruebas de que legalizar el matrimonio homosexual busque reducir a la población mundial. Todo ello son creencias infundadas de grupos de fundamentalistas que posiblemente temen que se aprueben leyes relacionadas con los derechos reproductivos de las mujeres y los derechos civiles de personas de la diversidad sexual por ir en contra de sus creencias religiosas o dogmas. Está bien tener miedo, está bien no compartir las creencias o formas de ver el mundo de otras personas, pero no está bien utilizar discursos y narrativas falaces para fundamentar políticas públicas basadas en esas creencias y dogmas. 

Un debate inteligente debe ir en torno a argumentos inteligentes. El fundamentalismo no cabe en esa discusión.

1 Porto y Gardey, 2012.

2 (Actitud contraria a cualquier cambio o desviación en las doctrinas y las prácticas que se consideran esenciales e inamovibles en un sistema ideológico) fuente: Oxford, 2021.

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