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Opiniones de hoy

Historias de familia

opinion

Un cansancio colectivo ahoga a Guatemala

Inevitable pensar que, gracias a estos pendejos, siempre nos definirá la actitud frente a las circunstancias que nos lanza la vida

Tocaron a la puerta de la habitación del hotel. Era mi hermano, el segundo de los tres. Venía de la fiesta del menor de nosotros, quien esa misma mañana había recibido su diploma de graduación de universidad. Como pocas veces, estábamos juntos en otro país, para conmemorar el logro del más pequeño. “¿Qué haces aquí?” le dije. “No quiero dormir en el apartamento, prefiero quedarme con ustedes”. “Aquí ya no hay espacio. ¿Acaso no ves que estamos todos jateados?” 

Pareció no importarle y se acomodó en una de las sillas que había en la habitación. La familia estaba casi completa. Mi abuela de casi trescientos años y mi papá, roncando como dos percoladoras descompuestas; mi hermano, como si fuera un contorsionista durmiendo en un sillón; yo, sobre un colchón inflable que con el paso de las horas se iba desinflando.  

Cuando empezaba a conciliar el sueño, tocaron de nuevo a la puerta. «Maldita sea, pensé, otro cuerpo más en esta habitación y nos calcinamos con este calor.» Me quedé postrada en el inflable, deseando que estuvieran insistiendo la habitación equivocada, pero tocaron aún más fuerte. Abrí. Dos hombres uniformados, que parecían armarios, se asomaron frente a la ranura de la puerta. Buscaban a mi hermano y, por motivos que en ese momento desconocía, debían arrestarlo. Lo que había empezado como una celebración se había convertido en una pelea de perros y gatos. A riendazo limpio, mis hermanos ventilaron sus discrepancias, reventándose la cara con tarros de cerveza y dándose de a golpes hasta desahogar el enojo. El escándalo escaló hasta una llamada a la Policía, quienes media hora después me espantaban el sueño, llevándose a mi hermano en una patrulla: enchachado y en calzoncillos de estilo biquini.

A la mañana siguiente me presente ante la comisaría, donde debía de esperar varias horas más, para hacer el pago de la fianza. Sin árboles a la vista y bajo el calor asfixiante de Arizona, me refugié debajo de algunos arbustos, apenas cachando un poco de sombra. Los arrestados fueron saliendo del edificio, caminando con una parsimonia, como que si recién se hubiesen hecho la vasectomía. Algunos aún apestaban a trago y otros buscaban a un buen cristiano que les regalara un par de minutos para hacer una llamada.

“Disculpe, –le dije a uno de los jóvenes–. ¿Vio usted a un chavo moreno, con cicatriz en la cabeza y la cara medio torcida? Entró ayer por la noche.” “Mmmmm, él de ojos verdes?” me dijo mientras se rascaba la cabeza, como intentando escarbar el recuerdo de la mollera. “Si, él.” “Ese vato sigue dormido como gato panza arriba, pero tú tranquila que en un rato viene pa’ fuera.”

Pasado el mediodía salió mi hermano del recinto, despidiéndose de sus compañeros de celda y regalando lo último que le quedaba de sus cigarrillos. Intercambiamos un par de palabras, nos sacamos la madre con la mirada y nos subimos al taxi que nos llevó de regreso al hotel. Esa misma tarde, almorzamos todos juntos. Al terminar, nos despedimos y, cada uno tomó distintos vuelos para volver a la misma ciudad en la que vivíamos. Cerré los ojos y, resolví jamás volver a cruzar frontera con todos ellos. Inevitable pensar que, gracias a estos pendejos, siempre nos definirá la actitud frente a las circunstancias que nos lanza la vida.

 

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