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Opiniones de hoy

La inferior educación superior

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Follarismos.

Siempre tuve vocación para la enseñanza y durante años me dediqué, además de mi práctica psicoterapéutica, a dar clases de español y de psicología en diversas universidades. Cuando volví a Guatemala, tras casi treinta años de estadía en el extranjero, me incorporé a la enseñanza de la psicología en universidades privadas de Guatemala, experiencia que, a pesar de las satisfacciones personales, me hizo darme de bruces contra las prácticas que prevalecen en el ámbito de la educación y que se diferencian de lo que conocí en otros países.

En Guatemala vine a descubrir que la educación superior es, en términos generales, de un nivel bastante inferior a la de otros países, incluso del tercer mundo, pues arrastra o arrastramos problemas que tienen que ver con la cultura general, con la falta de apoyo estatal, con las propias deficiencias del sistema educativo y con el hecho de que la educación secundaria y universitaria ha ido quedando en manos del sector privado, lo que hace que los centros escolares sean prioritariamente empresas y no instituciones dedicadas a la transmisión y producción de conocimientos.

Como sucede en casi todos los centros consagrados a la actividad comercial, en el sistema educativo actual, el cliente –o sea el alumno–, casi siempre tiene la razón, y si paga, por regla general, gana. He conocido alumnos universitarios que no tenían el nivel para graduarse de profesionales y, sin embargo, no sé por qué extraño fenómeno, por qué artes y subterfugios, terminaron graduándose sin que ello implicara una mejora de sus conocimientos ni de sus aptitudes intelectuales.

Cierto día terminé con la universidad donde trabajaba, porque la directora de cursos me llamó para solicitarme que fuera menos estricto con los estudiantes, ya que casi todos eran asalariados y no tenían tiempo para estudiar ni para hacer los trabajos que se les pedían. Yo argumenté que de cincuenta alumnos que había en cada clase (por poner una cifra), tal vez había diez que mostraban interés y se esforzaban, quizá diez o quince más lograrían pasar el año, pero que prácticamente los veinticinco restantes no daban pie con bola, como suele decirse y que, rigurosamente hablando, deberían largarse. 

Como era de suponer, a la directora y al director del departamento no les parecieron estas consideraciones mías, así que en los semestres siguientes no fui invitado nunca más a dar clases, lo que me libró de desarrollar una úlcera galopante y me permitió dedicarme de lleno a actividades menos frustrantes y mejor remuneradas.

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