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Opiniones de hoy

En el medio del “durante”

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Lado B

La mañana del lunes 16 de marzo de 2020, Julia Corado, directora de ‘elPeriódico’, me llamó para aconsejarme que mejor me quedara en la casa y trabajara a control remoto, porque lo del virus se estaba poniendo feo. “Te cuidás, por favor”, me dijo.  Una semana antes, ya con la cercana amenaza de la pandemia en el ambiente, había escrito una primera columna al respecto, que comenzaba con las primeras líneas del ‘Decamerón’ de Boccaccio: “Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación del Hijo de Dios llegado al número de 1348 cuando a la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de Dios para nuestra corrección, que había comenzado algunos años antes en las partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente…”.

El primer día de mi confinamiento, ocurrieron dos cosas, por un lado me di cuenta, con mucho susto, de que hacía parte de aquello que empezaron a llamar población en eminente riesgo –mayor de 60, fumador, hipertenso, azúcar alta– y que, por lo mismo, estaba condenado al aislamiento. La calle, la ciudad, el mundo se clausuraba para mí. Como siempre, busqué consuelo en la literatura y esa tarde escribí una columna sobre Marco Polo y su ‘Libro de las maravillas’. Si los caminos que nos conectan físicamente se cerraban, al menos quedaban abiertas las rutas de la imaginación que son infinitas, aunque no menos peligrosas si se recorren por mucho rato. 

Escribo esto luego de un año y días de encierro, impuesto y autoimpuesto. Por supuesto, hace algunos meses que ya me aventuro a salir a la calle y he realizado, al menos, un viaje corto. El lavado de manos y el uso de la mascarilla se han vuelto para mí, digamos, automáticos y ya me he sentado en dos o tres restaurantes a comer algo o a beber un café. El ambiente enrarecido, el silencio, los ensimismamientos, la angustia, la incertidumbre, el miedo, la paranoia de la “sanitización”, la búsqueda obsesiva de informaciones y noticias, comienzan a parecerme, para bien o para mal, algo lejano, como de un tiempo remotísimo. He logrado entrar (¿desmemoriado?) a la “nueva era”, ya no me marean los cuadritos del Zoom en la computadora, ni me abruman las llamadas telefónicas, ya no rechazo como al principio conectarme con el mundo a través de una pantalla, ya navego con suma familiaridad por todas las funciones de Google, ya me conecté a Telegram, a Signal, a Spotify, a Instagram, a Twitter, ya respondo a veces los mensajes que me llegan por WhatsApp y ya me sé de memoria la disposición de los abarrotes en el supermercado –siempre el mismo–, aunque también haya aprendido las ventajas de los servicios a domicilio.

Demasiada muerte y enfermedad aún se respiran, sin embargo, en el ambiente, y las pérdidas y el miedo al contagio aún atormentan de repente en las madrugadas. Hay vida antes y hay vida después de la tormenta, nos recuerda Amin Maalouf, lo difícil quizás es el “durante”.

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