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Opiniones de hoy

Jueves Santo

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sobremesa

La Semana Santa la pasábamos en casa. El Centro se iba apagando de ruidos, y las calles comenzaban a quedarse vacías el martes de la Semana Mayor. 

El calor era fuerte y un vientecito caliente somataba las puertas haciendo remolinos, llevándose el polvo, y las basuras de las calles pavimentadas de gris.

En la cena del miércoles, mi padre anunciaba las actividades del Jueves Santo: Procesión de Jesús de Candelaria tempranito por la tarde, y después de la cena, ya de noche, la visita de Sagrarios. “Siete”, decía mi padre en tono solemne. “Ni uno menos, siete como las últimas palabras que dijo  Cristo antes de morir crucificado. Como los Pecados Capitales que agobian al mundo”. 

El Jueves Santo era el día más alegre del año para mí, tanto quizás como Navidad. En casa se preparaba el curtido y los frijoles blancos,  y Manuela llevaba los tamalitos de viaje envueltos en tusa que comeríamos hasta concluir la Semana Mayor, porque todo, sin excepción, quedaba cerrado a puerta y lodo en la ciudad porque eran tiempos “de guardar”.

 Un canasto lleno de huevos aguardaba en la cocina para el Viernes, ya que en casa no se comía pescado, y de postre,  las empanadas de leche y hierbas, además de las torrejas salpicadas de rosicler.

El Jueves Santo en Guatemala las calles olían a aserrín y corozo. La gente iba corriendo de ahí para allá, buscando la procesión. “¿Por dónde andará Jesús?”, le preguntábamos a un cucurucho, mientras el corazón nos latía fuerte y de prisa de la pura emoción de encontrarnos con el Nazareno. 

Ya en la noche del jueves, mi padre ordenaba vestirnos “discretas”. Íbamos en carro, aunque fuéramos a la vuelta. Primero a Santa Clara,  a ver a Jesús del Pensamiento, solito en su recinto, agobiado entre rejas: “Para que se recuerden siempre, de la humillación que sufrió Cristo por nosotros”, predicaba mi padre.

De la visita de los Siete Sagrarios del Jueves Santo recuerdo con claridad  el vaho calientito y pesado de las muchas  candelas encendidas para honrar al Santísimo expuesto. El olor profundo de las azucenas y del corozo,  así como un incienso aromático y natural.  Los  ejércitos de ángeles aludos, siempre inmóviles,  con sus atuendos blancos, muchos de ellos cargando lámparas muy altas con foquitos eléctricos encendidos. El ir y venir de las personas, el murmullo del rezo, las campanas dando dobles de pena, presagiando la tragedia del Gólgota, y la presencia muy lúcida y viva de  mi padre hincado en una banca del fondo, solito, rezando con los  ojos cerrados, una y mil veces la jaculatoria de “Infinitamente sea alabado, mi Jesús Sacramentado”. 

 

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