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Opiniones de hoy

Las mujeres como mercancía

opinion

Follarismos.

Es prácticamente una banalidad afirmar que las mujeres son ciudadanas de segunda o de tercera categoría en las sociedades patriarcales con estructura feudal, allí donde un capitalismo salvaje, azuzado por un cristianismo misógino, las ha convertido, al final de cuentas, en seres susceptibles de ser tratadas como mercancías útiles para la reproducción del sistema social vigente, como son las actividades sexuales, las funciones de maternidad, la cría de niños, el trabajo doméstico y las labores del campo.

Y conste que no me refiero a mujeres indígenas o a mujeres campesinas perdidas en las montañas del país, sino a mujeres ladinas de clase media que habitan en distintas zonas de la capital y que han hecho incluso estudios universitarios, pero sin conseguir puestos de trabajo acordes a sus competencias y necesidades. Todas estas mujeres, que son legión, no tienen más que dos caminos para sobrevivir a las dificultades de desarrollo personal con que se topan: o se adaptan a los requerimientos de una vida sumamente restringida de tinte conservador, empezando por limitarse en su manera de vestir, en sus amistades, en sus salidas, en su desenvolvimiento social, o bien adoptan un papel más agresivo y atrevido con apariencias de emancipación, pero que al final terminará orillándolas a transformarse en otras tantas víctimas del sistema.

Dos ejemplos. El primero es el de una amiga que vive en una colonia popular de clase media de la capital. Es una chica esbelta y agraciada, además de inteligente que, de manera automática, desde que pone el pie en la calle, provoca el alboroto de los machitos guatemaltecos que, por lo visto, nunca en su vida han visto a una mujer atractiva. ¿El resultado? Que mi amiga no puede jamás vestirse en este país tropical de manera “natural” con falda corta y escote cuando sale de paseo, porque “lo que me afecta no es que me miren, sino cómo esas miradas me hacen sentir terriblemente vulnerable”, dice, y con razón. De manera que, como la mayoría de mujeres en nuestra sociedad, se ve obligada a vestirse como “monjita” para no ser considerada como una “buscona” y para no convertirse en el blanco de una agresión sexual.

El otro caso de sobrevivencia, aunque demasiado arriesgada, consiste en enfrentar a los machitos chapines y “venderles la mercancía”. Un conocido de Uber que trabaja también en un ‘call center’ me explicaba que hay allí patojas que van vestidas de forma super-provocativa a la última moda, y cuando se les pregunta por qué lo hacen, la respuesta es “y por qué diablos me voy a privar de mostrar lo que tengo”, lo que traduce más bien la intención de engatusar y atrapar a alguno de aquellos chicos atragantados y asegurar así la posibilidad de un futuro aparentemente más estable.

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