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Opiniones de hoy

Arranca la República de Guatemala en 1847 (II)

opinion

No a los gastos superfluos del Ministerio de la Defensa, no más despilfarro público.

Sin embargo la idea de la creación de la República no fue bien vista por los oficiales de la montaña, compañeros de Carrera en todas sus correrías anteriores, y le expresaron su aprehensión pues los criollos podrían querer mandarlos. Pero les hizo ver que crear un nuevo país era una tarea importante pues, desde hacía ocho años los liberales rompieron el pacto federal y, entre tanto, eso recién lo habían ratificado Nicaragua y El Salvador. Por seguridad nacional todos debían convenir en ello porque la montaña se va a insurreccionar y se les vendrá encima. Aceptaron. Así dice “La montaña infinita” en la página 228: “Detuvieron su conversación al entrar el secretario con el borrador del programa para la solemne declaración. Lo examinaron mientras el caudillo no ocultaba su vivo entusiasmo pues, con el acuerdo de la asamblea, se elevaría él como fundador de una nueva nacionalidad.

Si bien hubo protestas esporádicas, en un ambiente festivo y el encomio de los políticos, a mediodía del domingo 21 de marzo del 47, tras firmar el decreto del Gobierno de la declaratoria oficial de la nueva República, abierta a la federación centroamericana, Carrera y su esposa jubilosos inauguraron el gran templo de San Francisco donde se celebró el Te Deum en honor de la naciente República. Lucían magníficas las naves recién pintadas y el pan de oro del altar, estremecían las pulsaciones del órgano y el canto gregoriano. Meneando cintos y cruces pectorales la jerarquía eclesiástica en pleno consagró la indivisibilidad del naciente estado-nación con sermones laudatorios al caudillo unificador de la familia guatemalteca”. El relato prosigue que luego vino la alocución del arzobispo García Peláez dando buen augurio a la unión entre liberales y conservadores con el estamento campesino-militar. Al concluir la liturgia “…siguió la pareja presidencial sobre la alfombra roja y, al salir,  resonaron los disparos de salva mientras los dos abordaron el carruaje. Y recorriendo la Calle Real saludaban por las ventanillas hasta apearse en el Palacio.

Allí degustaron tremendo banquete al sonido de una banda… Petrona, radiante de alegría en aquella inusual algarabía, no creía posible que se hubieren limado las diferencias con sus adversarios”, mientras las tropas y citadinos comían un refrigerio en la Plaza de Armas viendo explotar petardos al aire. “La música de marimba se escuchaba allí como en otras plazas y templos de la ciudad como sucedía en los pueblos inmersos en las montañas”. Pero el caudillo sabía que los nublados se agolpaban en las montañas bajo pleno sol. Y, de hecho, le llegó la primera noticia que el Gobierno salvadoreño estaba dando armas a los rebeldes de oriente, que ya habían comenzado a hacer sus desmanes en Jutiapa. Empero, las elecciones a diputados frenarían a los liberales locales de darles ayuda a los rebeldes, según opinaba Carrera.

El primer país que festejó a la nueva República fue Costa Rica, que se había retirado de la federación centroamericana en 1834, e hizo alianza con Guatemala tras la declaratoria, gracias al trabajo el cónsul inglés Frederick Chatfield, mientras los gobiernos liberales de El Salvador, Honduras y Nicaragua negociaban con el cónsul estadounidense cómo forjar una alianza antibritánica, pues Londres aún ocupaba buena parte del litoral del Caribe en estos dos últimos países. Luego vino el reconocimiento de Europa y América del Sur, con el silencio de México debido a la convulsión que allí reinaba por las invasiones de estadounidenses y franceses en Sonora, Chihuahua y Tamaulipas, que deseaban crear sus propias repúblicas en tierra mexicana. En lugar de contrariar al nuevo presidente salvadoreño Vasconcelos, Carrera le propuso unir fuerzas contra un eventual ataque estadounidense, porque México estaba por ser ocupado. Pero al no responder ya no insistió porque la rebelión de la montaña seguía en oriente y contenerla era la prioridad. Sus tropelías están bien narradas en Los Montañeses, de Pedro Tobar Cruz.

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