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Opiniones de hoy

La Semana Mayor

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“Perdona patojo, a los que pagaron todo esto sin tomar en cuenta que yo fui pueblo como tú y los tuyos”.

En dos filas, apareados, simétricos, como cucuruchos de procesión se fueron alineando hombro con hombro, los bodoques frescos de manjar. A un lado en una batea, descansaba un volcán de masa. Amasa que te amasa las manos en la masa, pegajosos los dedos y untuosas las palmas de las manos, fueron formando soles exactos como medidos por el compás del tiempo sobre la madera noble de la batea. Uno a uno fueron cayendo los bodoques relucientes  de manjar sobre los comalitos de masa. Después, los dedos ágiles empezaron a hacer dobleces transformando los soles en medialunas, mientras que un tenedor ponía rayos a las lunas tiernas que, empujadas por una paleta se fueron metiendo en el horno acogedor para salir transformadas al poco rato, en empanadas de masa, achiote y manjar. 

Echando fuerzas y de un solo envión, el patojo le encaramó el canasto desde el suelo hasta el yagual que coronaba la cabeza de la madre, quien agarrando de la mano al chiriz y soportando el peso de las empanadas sobre su cabeza, le dijo que se apurara. Encontraron -como sucedía siempre- el lugar junto a la hornilla de rellenitos y tacos de Claraluz, junto a la mesa de chilacayotes y camotes de la niña Filo. Ya en su sitio, ‘Chepe’ se puso a espantar avispas y a ofrecer con su voz chillona de presentadora de televisión, las sabrosas empanadas. 

Supieron que ya estaba coronando el parque, por los estridentes trompetazos de los centuriones y cuando vieron que los dos ciriales y la cruz de bronce  doblaban la esquina. Con el redoble del tambor se arrastraban como autómatas 160 pies. A derecha e izquierda, dos filas de cucuruchos de casco de hojalata,  capelinas blancas y túnicas moradas, custodiaban las andas. El golpeteo de una bisagra contra la madera, controlaba a los penitentes que se zafaban cansados de las filas para mitigar la sed con un vaso de súchiles, horchata o algo más fuertecito. De lanza en lanza se corrió la voz: ¡Lujosa la túnica que estrenó este año el Señor; costosas las piedras que adornan la cruz y de puro oro las espinas de la corona!

En la encrucijada de la calle ocho y la doce avenida se detuvo el cortejo para escuchar los alabados que salen de una voz de contralto acompañada por las notas de un violín, un chelo y un armonio. La mirada del patojo harapiento se encarama por el humo del incienso y llega hasta los ojos agonizantes del Nazareno. 

Avergonzado de su túnica lujosa, la ostentosa corona y la costosa cruz, musita a través de la boca jadeante: Perdona patojo, a los que pagaron todo esto sin tomar en cuenta que yo fui pueblo como tú y los tuyos. El Sol ya se estaba arropando tras las montañas en el poniente; la Luna llena ya aparecía por el oriente. Millares de candelas iluminaban la negrura de la noche cuando los cargadores, devotos y penitentes cantaban a coro: ¡Perdón, oh Dios mío, perdón y clemencia! Como todos los años.

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