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Opiniones de hoy

Nuestra Guatemala

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“Se me acercó y murmuró en mi oído que cada libanés se inventa un Líbano personal porque Líbano como país no existe, y se me ocurrió que lo mismo podría decirse de cada guatemalteco” -Eduardo Halfon-.

La Guatemala que nos gusta a todos no es la verdadera. La del paisaje no es más que una postal: instantáneas congeladas de un pueblo con un pasado que no se transmite en una imagen. Este es un espejismo sin dueño, pero a la vez es una Guatemala de la que todos intentan apropiarse. Cada uno con su propia historia, con su propia perspectiva e interpretación de dónde venimos, en dónde estamos y para dónde vamos. Somos un país en el que se celebran dos revoluciones, a las cuales nos adherimos dependiendo de las herencias, de dónde nos tocó nacer y de lo que nos tocó vivir. Somos un país mestizo, pero con agua y aceite en los extremos. Somos una nación en la que la misma injerencia extranjera promueve dictadores y, a su vez, investiga genocidios. De la misma manera producimos uno de los mejores cafés del mundo, sin contar lo que hubo y en algunos casos aún hay detrás de su aroma. Somos el país en el que a los guerrilleros los entrenó el mismo Ejército que luego los combatió. Acá, ricos y pobres comen tortillas y frijoles; unos los tres tiempos y otros, de vez en cuando. En nuestra tierra existió una de las civilizaciones más avanzadas de la historia; para unos sus raíces y para otros, otra postal nada más. Somos herederos del caos y de las catástrofes. Rodeados de volcanes que no solo pintan nuestro paisaje sino también nos regalan suelos fértiles en los cuales converge nuestra gente. Cada uno con su propia versión, con su propia experiencia e historia. Miguel Ángel es para unos una cosa y para otros, otra, aunque para el mundo siga siendo el nobel de literatura. Algunos abuelos todavía recuerdan lo que era vivir en la época de Ubico, considerándola la mejor, mientras que otros no olvidan la primavera guatemalteca. Somos una nación con varias historias, con varios puntos de vista que nacen de diversas perspectivas que distorsionan la realidad según sean los intereses de cada uno. Necesitamos encontrar la fórmula que nos permita construir una realidad para todos. 

Hoy estamos peor que nunca: al borde de cruzar el Rubicón, muy cerca del punto de no retorno. No nos damos cuenta de que esta vez perderemos todos. Las luchas eternas: ideológicas, de clases, de sectores, de etnias, etc. se convierten en el instrumento de quienes hoy tienen capturado al Estado. Mientras estos avanzan, los demás cedemos al conflicto y a la polarización, enredados en una historia de batallas inconclusas, de discordias a medias y de prejuicios forjados por quienes ya no están o que están por desaparecer. Pecado es no conocer nuestra historia, pero es pecado mortal estancarnos en ella. Más que la inercia ideológica que por décadas nos ha caracterizado, la polarización nos ha llevado a la intolerancia, a encasillar sin piedad, al ataque sin análisis y sin sentido. En mi pasado, sin duda hay mucho que perjudicó a alguno, a otros, a sectores, a etnias, etc. Mi herencia, al igual que la de todos, no está exenta del pasado colectivo, pero ni yo ni nadie somos nuestros antepasados. No construiremos si juzgamos al otro por una herencia a la cual no puede renunciar; si se le da una oportunidad, puede reivindicarla. La sociedad que tenemos es el resultado de la impronta de los sectores que la conforman. Para bien o para mal todos cargamos con la responsabilidad y, por ende, con sus consecuencias. 

Recién acabo de terminar de leer ‘Canción’, la última obra literaria de Eduardo Halfon. Esta es otra imperdible que, sin duda, se suma a su impresionante repertorio, pero esta en especial es relevante para nosotros como guatemaltecos. Halfon explora el secuestro de su abuelo paterno en los años sesenta, no sin antes adentrar y profundizar en la compleja historia reciente de Guatemala, en la que se hace cada día más difícil identificar quién es la víctima y quién el victimario. Al igual que Halfon, los guatemaltecos debemos vernos a nosotros mismos y hacia afuera, sabiendo que se pudo ser víctima, verdugo o simple espectador. Sin justificarse a sí mismo o sin condenar a otros a conveniencia, Eduardo Halfon expone una injusticia personal, sin desvanecer o menospreciar las luchas de otros, sabiendo ver hacia atrás para discernir y seguir adelante. El enemigo no está en nuestro pasado, vive en el presente y llegó la hora de que cada sector se separe de él para dejarlo solo y expuesto. Estoy convencido que somos más en cada sector de nuestra sociedad los que anhelamos un mejor país. Démonos la oportunidad. 

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